Aurora, Soledad, Dolores y Angustias

Nos sorprendió el rubicundo rostro de Aurora asomando por el zaguán de nuestro diminuto hogar. Se alegró de que tu soledad acompañara a la mía. Por fin la inocencia se había encontrado con la bondad. Ambos semblantes se reconocieron de lejos, se sonrieron y corrieron el uno hacia el otro con el apremio famélico del que lleva largo tiempo sobreviviendo por la ingesta de míseras cantidades. Sin pausa y con vehemente determinación se inició la titánica obra de arte que debería ocuparnos el resto de nuestras vidas. El templo de la sagrada unión de dos almas clandestinas que tuvieron la fortuna de encontrarse cuando estuvieron preparadas para ello.

Hace ya un tiempo considerable que empecé a creer que, efectivamente, Dios no jugaba a los dados. No puedo asegurar que las siete leyes universales que Gerardo Schmedling nombró provengan del orden de lo científico, no obstante, lo vivido apunta hacia una sabiduría natural y divina que he comprobado empíricamente. ¿Realidad o ficción? No lo sé pero mis tripas me invitan a pensar y a sentir que existe una voluntad global perfectamente engranada y en donde cada cual encuentra aquello que necesita para aprender a dejar de ser una representación de la imagen de sí mismo y reencontrar el camino hacia su propia esencia.

Es como si el despertar de la conciencia dejara paso a una visibilidad mayor y los sentidos se agudizaran para comprender unos mensajes velados por la ignorancia fruto de las creencias embutidas en nuestros cerebros a base de educación dogmática y recortes sociales. La civilización nos impone una educación para aprender a estar los unos con los otros, pero en este saber estar no natural se transmite un conocimiento basado en unos preceptos fruto de la creencia, de la limitación, del control y del empobrecimiento. Debemos ser educados para vivir en sociedad porque de otro modo nos mataríamos los unos a los otros, o eso es lo que asumimos como realidad y damos por supuesto que sería la ley de jungla. Nos instalan el miedo y terminamos aceptando y comulgando con unas vetustas leyes y normas dictaminadas por otros bajo el «bien común» y para «salvar a la humanidad de ella misma». No obstante, jamás pudimos comprobar factualmente lo que pasaría si no existieran estos recortes de libertad. «Nos mataríamos» dicen recalcitrantes los que ninguna fe en la bondad albergan. «O no» espetan aquellos que confían en la humanidad. «No lo sabemos» respondemos los agnósticos. No cabe la menor duda de que si nos relacionamos desde el miedo y la carencia como lo hemos hecho durante los últimos milenios, iremos a buscar aquello que pensamos que necesitamos en otros lo cual generará resistencias en el prójimo, conflicto, guerras, etc. Ya conocemos la historia de la humanidad, es un suma y sigue perpetrado por los mismos perros con diferentes collares. Los mismos que nos recortan libertades, los mismos que nos protegen de nosotros y de los demás. Los fundamentos están equivocados desde la asunción de verdades basadas en nuestra naturaleza animal pero ¿Qué pasaría si en vez de mutilar esta naturaleza la educación la exacerbara y nos enseñara a encontrar dentro de nosotros lo que necesitamos? ¿Qué ocurriría si las bases de la educación fueran otras completamente distintas y en vez de pasar horas estudiando la geografía del mundo pasáramos horas descubriendo quienes somos? ¿Cuál serían los resultados de una educación basada en la comprensión de uno mismo para fomentar la paz, la armonía y el amor?

Este camino del autodescubrimiento por el que llevo ya cierto tiempo transitando no solo me ha provisto de llaves para comprenderme y aceptarme a mí y, por ende, al mundo que me rodea, sino que ha iluminado una inconsciencia propioceptiva abriendo la puerta a la comprensión de otras dimensiones, todas ellas inusitadas y antes inadvertidas por los sentidos embotados por el raciocinio de la lógica cartesiana. Como si existieran en el lienzo de la realidad varias capas de pintura, los hechos neutros de la vida parecen responder a una voluntad superior escondida entre los visillos de esta enorme representación teatral que es la sociedad en la que vivimos. Dicha voluntad no puede ser percibida cuando el escepticismo, la sorna y la burla nos limitan los sentidos. La ridiculización es un método de defensa extensamente empleado pero extremadamente limitante. Cuanto más tiranizado por el ego se está, más en la capa superior se permanece y más empobrecida es nuestra apreciación de la realidad.

Es esta una sensación intransferible, una experimentación individual que no puede ser traducida ni plasmada en palabras. A pesar de estar relatando esta impresión de obviedad que no echa mano del pensamiento, sino de una comprensión global, dudo mucho de que nadie que no la haya vivido en su propia carne, pueda llegar a concebirla porque, precisamente, escapa a toda lógica matemática tal cual nos han enseñado que debe ser la lógica que escinde lo espiritual de lo mental. Es una profunda sensación de serenidad, de plenitud y tranquilidad que invade todo el cuerpo ante el camino que debe ser tomado. El sendero se ilumina solo, el itinerario aparece sin tener que buscarlo, está ahí, siempre lo estuvo y sólo había que aprender a verlo. Los problemas no existen, los crea nuestra mente pequeña centrada en las distracciones, nuestro ego cuando no está aceptando «lo que es» y decide imponer su voluntad sentando cátedra con lo que «debería ser». Porque así es el ego, egoísta, ególatra, ombliguista y pretende ser el autor de nuestra vida y el protagonista de la obra. Nos cegamos a nosotros mismos cuando nos encerramos en la mente pequeña, esa vocecita que nos susurra jactanciosamente «lo que debería ser» y «lo que no debe ser jamás».

Para desvelar las soluciones, que no son soluciones pues no existen los problema como tal, primero se debe perder la identidad propia y sentirse parte del todo universal. Esta suele ser la primera barrera infranqueable porque nos aferramos a aquello que pensamos que somos y adquieren peso y sentido conceptos tales como el respeto, el control, el poder, la lucha, el yo y sus limitaciones. Estar dispuesto a soltar amarres y dejar de ser el personaje que responde y reacciona ante la injusticia, el mal o el bien, la ética y la moral es el paso previo para lograr captar lo que nos rodea en el momento presente.

Hay que fundirse con el todo sin que ello sea un objetivo sino un efecto colateral del que persigue la verdad, «lo que es». Y no, no existen verdades en función de unos y de otros. Lo que existen son diferentes realidades dependiendo del referente, cada cual con su versión interpretativa de lo acaecido, pero verdad sólo hay una: la de los hechos objetivos sin interpretación. ¿Cómo de complicado es describir la verdad sin echar mano de los juicios de valor? Es un ejercicio que requiere de práctica diaria y que, de nuevo, su puesta en marcha lleva a nuevos e insospechados derroteros. No se puede explicar porque el camino es diferente para cada uno de nosotros aún siendo el destino que nos aguarda exactamente el mismo. Todos vamos llegando a las mismas conclusiones por diferentes senderos. Unos más abruptos e infranqueables que otros pero, al final, se llega a una cima común bautizada de diferente modo en función de la experiencia que se tenga de las cosas mundanas. Evito nombrarlo porque no tiene sentido escribir algo que debe ser vivido.

El primer paso de la liberación absoluta es perder el miedo a dejar de ser nuestra falsa identidad y abandonar esta mente repleta de ruido, de publicidad engañosa sobre lo que es justo, digno, bueno, correcto. Todo lo que se apellida «debería ser» proviene de la identidad construída que no es lo que somos en profundidad o en esencia, sino que tan solo son las creencia de un pobre y diminuto personajillo, vestigio del pasado, una reminiscencia de nuestra supervivencia. Agradecemos que nos haya salvado la vida pero es momento de pasar página y de dejar de vivir el drama de nuestro pasado. El pasado es identidad construída, la memoria forma parte del pasado y la memoria es pensamiento, conocimiento y experiencia. La memoria es pues condicionamiento para el futuro. No podemos enfrentarnos al futuro con esperanzas de novedad si reciclamos lo que pensamos que sabemos. El futuro se mira desde el presente, desde la ausencia de recuerdo o de aprendizaje. Aquí empieza el verdadero viaje, aquí empieza la segunda parte de la vida. La temporada dos comenzó en el momento en que mi yo desapareció y mis vivencias ya no dejaron residuo. Había completado la experiencia, había comprendido todo lo que tenía que comprender y dejé de llevar a cuestas mi historia personal, el pequeño teatro del dramático devenir de mi existencia.

Fui más yo que nunca cuando dejé de ser yo, así de sencillo y tan complejo a la vez. Cuando no fui quien solía ser y empecé a ser tú, a ser todo, descubrí caminos hacia mi misma, hacia las verdades sentidas en la boca del estómago con el aplomo en las tripas y el centro de gravedad aglutinado en un mismo punto. Todo era nuevo.

Aurora fue pues la que al amanecer nos descubrió del solemne manto estrellado y arrojó sobre nuestros cuerpos enroscados la brillante toga de la luz del día. Una sonrisa se le dibujó en la cara y astillas de complicidad se clavaron en nuestras respectivas desnudeces. Cuanto más indefensos estábamos, menos corazas necesitábamos y más libres nos sentimos. Frente a ti yo era una persona sin barreras, sin límites físicos ni mentales porque estar enfrente tuyo era como estar conmigo a solas.

Nuestra vieja amiga Soledad en cambio fue menos proclive a la alegría y, pensándose abandonada y devuelta tras todos estos años de fidelidad asistida, se apartó aspaventosa de nuestro camino para hacerse de rogar. Juró venganza y escupió improperios dignos del que ha sido profundamente herido en su amor propio. Nunca se molestó en preguntar si la queríamos, sencillamente asumió que no la seguiríamos acogiendo del mismo modo porque nos teníamos el uno al otro. A Soledad le faltaba comprender todavía que nuestro amor no era excluyente, sino todo lo contrario pues éste se había gestado en la abundancia, en la riqueza espiritual y en la comprensión profunda de que lo que nos unía seguían siendo nuestras soledades compartidas.

Ya te había invitado a acompañarme a estar sola antes de que la persiana roja del número dieciséis se abriera tímidamente. Asomaste tu hermoso rostro y me viste en medio de la calle, un poco confundida por aguardar ante la puerta equivocada. La historia de mi vida parecía repetirse, los aldabonazos se estrellaron siempre en el portón desacertado. Tras esperar unos minutos delante de la desvencijada entrada del número dieciocho y en vistas de que no aparecías ni respondías al teléfono pensé que te habías echado atrás y que ya no te vería nunca. No hubiese pasado nada, no me sentí triste ni frustrada ni dolida, sino que pensé que si no tenía que ser pues que no sería y todo estaría igualmente bien. Sin embargo, a punto estaba de abandonar la esperanza y darme por vencida cuando apareciste tras el magnífico color rojo de la persiana que separaba dos universos: el mundano rebosante de trivialidad y el tuyo repleto de brillante imaginación y fantasía.

Te precipitaste hacia mí acogiéndome con tus brazos hambrientos de piel y tu alma rebosante de estima. Te vertías por los bordes, derramando lágrimas de júbilo y, como único testigo de nuestro primer encuentro, el alumbrado público arrojaba una mortecina luz sobre el asfalto que nuestros pies ya no tocaban. Sin saberlo todavía, estábamos muy lejos del suelo perdidos el uno en el otro, absortos en un universo compartido sin ser todavía conscientes de ello.
Me tomaste de la mano tras el acercamiento de nuestros respectivos envoltorios y tuve la sensación de que no la soltaste durante el resto de la velada. Me sentí liviana, despojada del fardo de mi cuerpo como si éste hubiera dejado de existir. De mí sólo quedaba una luz que todo lo iluminaba expandiéndose hasta el infinito y sin ocupar lugar alguno.
Traspasé el umbral de tu puerta para dejarme embriagar por los aromas avainillados que emanaban de la estancia principal de tu hogar. Dulce fue la sorpresa de no sorprenderme por el entorno. El cuadro respondía a una imaginación que nada había imaginado pero que no había perdido minucia al dibujar todo cuanto de ti percibía. Tu casa, como tu ser, rezumaban armonía, paz y hospitalidad. Ninguna nota sonaba más alta que el resto, no sobresalía detalle alguno ni hallé indicios de futuras estridencias.

Llegué con el corazón abierto dispuesta a acoger y agradecer lo que fuera que surgiera entre nosotros sin por ello querer apresar el momento. Dejando marchar se logra la permanencia de aquello que desea quedarse. Así, con las manos abiertas y repletas, tomé las tuyas y volvimos a fundirnos en un abrazo infinito en el que desaparecimos para siempre. Cupimos el uno en el otro y nuestras almas volvieron a acariciarse encontrando algo indescriptible que si bien hubimos podido experimentar en otro momento con otras personas, ya no era lo mismo porque en este caso el origen de la onda expansiva provenía de ambos polos, el tuyo y el mío. Me reconocí en ti. Tu energía brollaba arrolladora, me atropellaba para mezclarse con la mía y de la suma de ambas aparecía un color nuevo.

Me condujiste fuera y tomé asiento en el banquito de tu patio que reposaba bajo la ventana de la cocina. Allí araganeaban indolentes dos de los gatitos que habías visto nacer. Apenas abrieron los ojos o se sorprendieron por mi irrupción. Ni siquiera sé si advirtieron mi presencia pues permanecieron a mi lado. Mi persona no pareció estorbarles en demasía. Te sentaste en la silla de enfrente, a un millón de kilómetros de mí. No recuerdo de qué hablamos. Creo que de nada profundo. No me importó porque mi atención estaba absorta en ti, en tus gestos, en tu mirada en la manera en que tenías de entonar las palabras con ese acento tan particular que desvelaba tus orígenes. Tus faltas gramaticales formaban ya parte de ti y no quise corregirlas de ningún modo, ni siquiera sentí la más leve punzada de la deformación profesional aguijoneandome los oídos. Las adoré porque eran tuyas y me enamoraron con su dulzura infantil como el brillo de los luceros de tu rostro cuyos destellos conservaban la pureza de la inocencia. Lo que me sobrecogió por encima de todo fue tu delicadeza y la manera de posar el aleteo de tu mirada sobre el horizonte. Cuando te dirigías a mí, tus almendrados ojos se revestían de una profundidad misteriosa de la que se desprendía un aura de misticismo subyugante. La conversación se perdió por derroteros etéreos porque el hambre se encontró con las ganas de comer. La combinación explosiva de tu fantasía y mi imaginación había puesto en marcha un engranaje celestial que no guardaba contacto alguno con la tercera dimensión de este mundo material.

Extravangante y exótico te pusiste frenéticamente en pie en un arrebato del mal de San Vito y frente a mí te erigiste cual marmólea estatua de perfecta tersura. Tuve la impresión de estar ante la implacabilidad de una dolorosa belleza que ni los grandes maestros del arte hubiesen podido concebir jamás. Quizás fue la atezada piel de tu rostro la que me perdió o la perfección italiana de tu nariz o incluso la maravillosa separación de tus incisivos. Quizás fue la mezcla de tus imperfecciones lo que me hechizó, pero me pareciste el ser más enigmático por su claridad y transparencia de todo lo que había visto hasta la fecha. La túnica japonesa que te envolvía te otorgaba la apariencia de un dandy o una estrella del rock filiforme demasiado sensible para este mundo de brutalidad. No pude evitar las estacas de la sonrisa cruzándome la cara. Allí estabas tú, de pie, cigarrillo en mano, vata japonesa de andar por casa, mirada perdida en el horizonte, disertando sobre tus preferencias en materia de agua de coco pero no hallé rastro alguno de personaje. Eras tú y eras así. Aquella noche y las que siguieron volamos.

Me gustó tu humor capaz de reirte de ti mismo y del mundo perspicazmente, pero sin maldad alguna. Volviste a sentarte y divisé un girasol colgado de la pared del baño y entonces te pedí que cerrases los ojos. Y confiado así lo hiciste. No me conocías de nada, me abriste las puertas de tu casa de par en par a pesar de tu pasado, cerraste los ojos cuando te lo pedí y en ningún momento dudaste. Me recordaste a mí con esta confianza ciega, loca y a la vez tan natural, forjada desde la luminosidad de tu alma. Algunos lo llaman «naïveté», ingenuidad o estupidez pero personalmente lo apellido belleza porque esta cualidad raramente se encuentra en las afueras de uno mismo.

Sobre la mesa enfrente tuyo deposité una planta tropical que me recordó a ti cuando la vi aunque yo me hubiera decantado por un girasol porque tu eres un bichito de luz que busca el candor constantemente. Junto a ella, yacía un atrapasueños atrapado en papel de regalo y unas líneas escritas de mi puño y letra. Cuando abriste los ojos se te inundaron de alegría y esa reacción es lo más bonito que había visto en mucho tiempo. Por entonces ya me había dejado conquistar por tu personalidad arolladora pero aquello fue la gota que colmó el vaso de las sorpresas. No sólo eras bonito por fuera pero increíblemente tierno por dentro. Si a día de hoy me preguntases de nuevo lo que más admiro de tu persona, seguiría decantándome por esa bondad inteligente, dulce pura y genuina que valora los detalles mínimos con la ilusión de un niño. La humildad que reposa en el fondo de tu ser, lo agradecido que te muestras en todo momento, las personas de las que te rodeas, la capacidad que tienes de llenarte los ojos recogiendo la belleza de lo cotidiano, sin grandes gestas, tan sólo con la belleza invisible a la mirada de la mayoría. Esto es lo que me enamoró y enamora de ti.


Nuestro navío llamado «Voluntad» es un buque de paz de sobradas dimensiones armado desde sus entrañas con el peso pesado de la sinceridad, la dulzura, la bondad y la belleza mecido por las aguas de la libertad. Nunca te sientas inferior al peso pesado de la masa crítica, tu alma se eleva muy por encima de aquellos que alguna vez se sintieron superiores a ti, te infravaloraron o miraron con sorna. La pandemia mundial es la de la coronación de la ingratitud. El mundo se hunde desde hace siglos y ahora a pasos agigantados, sólo las almas ligeras logran mantenerse a flote.

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