Toda una vida… te estaría cuidando, como cuido mi vida, que la vivo por ti (A.Machín).

Catalina y Juan llevaban juntos toda una vida. Se conocieron en las fiestas del pueblo durante el verano del 50. Hacía poco más de una década que la guerra había terminado y para levantar los ánimos, en los pueblos se organizaba una banda de música que tocaba hasta altas horas de la noche durante varios días seguidos. Todo el mundo salía a bailar y, a pesar de la debilidad emocional y la miseria de aquella época, las plazas se llenaban de nuevas esperanzas, de nubilidad floreciente y de estallidos de alegría.

Juan vivía conreando la tierra junto a su padre y su abuelo. Las mujeres se dedicaban al cuidado de la casa y a la cocina. Con la ayuda del viejo Filiberto, el caballo de tiro propiedad de la familia, araban el campo. Durante la labranza trazaban los surcos que luego acogerían las simientes para optimizar la futura cosecha. El trabajo en el campo era arduo, no apto para mequetrefes, ni dejaba espacio alguno para el lirismo o la contemplación. Requería de seriedad, constancia y disciplina. Los calores del verano y el frío de los inviernos demandaban el sacrificio sin mesura de sol a sol. Sin embargo, no resultaba en renuncia alguna pues si no se laboraba, no se comía. Así de simple era la existencia.

Juan era un joven normal, de hueso ancho, como se solía decir. Su estatura se imponía por encima de la media. Sin ser especialmente bello, sí que gozaba de buena planta. ¡Juventud, divino tesoro! Era parco y tacaño en los afectos, no por ello frío aunque sí podía ser calificado de distante. Tenía cierto embotamiento emotivo porque la sensibilidad no era una virtud que se necesitara en el campo en época de post-guerra. No obstante, en ciertos momentos observar el entorno y respirar el aire marítimo lo saciaba más que satisfactoriamente. No le faltaba de nada para asegurarse la supervivencia.

Catalina por su parte, había ido de vacaciones al pueblo. Las consecuencias del éxodo rural se harían notables más adelante. Las urbes empezaban a extralimitarse por la acogida de varias generaciones de campesinos en busca de un mejor trabajo y futuro, lo que fuere que aquello significara. El padre de Catalina era prueba fehaciente de ello. Había logrado montar un modesto taller de reparaciones mientras que su esposa tejía y remendaba prendas de vestir para aquellos cuyo tiempo no estaba destinado a nimiedades. La vida de la ciudad no producía, pero el acceso que se tenía a la educación era superior al de los pueblos.

La noche en que Juan vio a Catalina por primera vez una turbación desconocida le recorrió el cuerpo. Juan, que todavía no se había relacionado con la vergüenza, sintió una aceleración del pulso, un vértigo descontrolado y un sofoco que lo sentó en el banco más próximo. Nunca había visto una piel tan blanca ni un pelo tan resplandeciente y limpio. En comparación con las muchachas del pueblo, aquella cara de ojos redondos parecía esculpida sobre el alabastro.

La música sonaba pero el mundo de Juan se había detenido en aquella inmaculada sonrisa mecida por unos labios voluptuosos. Juan no se percató de su descaro hasta que los ojos de la muchacha se dirigieron hacia él. Catalina había sentido clavársele un aguijón. Una desazón la abordó y su mirada se encaminó en el seguimiento y examen de los lares hasta que se encontró cara a cara con Juan. Los latidos del corazón del chico se desbocaron y a la falta de aire se vino a sustraer el espacio colindante. Intuitivamente Juan dejó de acechar a Catalina mas ya era demasiado tarde. Con envidiable desparpajo, ella se había encaminado hacia él y en menos de lo esperado le estaba tendiendo la mano.

– ¡Hola! Soy Catalina, bueno Cati. ¿Y tú?

Juan no podía articular palabra. Alzó la vista sin levantar el cuerpo enmudecido por aquella angelical presencia.

– Sssssssss…sssssss…ssssssoy Juan Pons

Cati estalló de risa al oír el inseguro tartamudeo. Su vestido a cuadros dejaba al desnudo unas pantorrillas y unos brazos magníficamente torneados que añadieron una capa a la perturbación de Juan.

– Juan Pons, ¿Tú eres de aquí, verdad?

El chico asintió sin mediar sonido.

– Bien, estaba pensando en que me podrías enseñar los lares pues es mi primer verano aquí y no conozco casi nada.

– ¿Los lares?, Juan no había oído esa palabra en la vida.

– Sí, el pueblo y los lugares que hay que conocer para no aburrirse en este pueblo.

¿Aburrirse? Tampoco conocía aquel vocablo. Cati hablaba un poco raro, pero era tan hermosa que aquella manera de expresarse no parecía molestar al chico.

Al día siguiente Juan le mostró los famosos lares. El crepúsculo los sorprendió y a mitad del camino hacia la noche Cati sintió un bienestar inequívoco con la presencia de Juan.

Los días se sucedieron a medida que el verano avanzaba y ambos chicos se fueron viendo con regularidad. Juan desatendió sus labores, Cati disintió de su familia que no encontraba en Juan una compañía aceptable para su hija. El final del verano los separó inevitablemente hasta el verano siguiente.

Así fueron deslizándose los años y entre Cati y Juan se colaron atardeceres moribundos, silencios desertores que traicionaron el pacto sellado de la palabra amistad. El deseo se expandió y no halló freno alguno, ni la distancia física entre ambos, ni la distancia social. Cati apreciaba el vigor y la robustez de Juan, pero admiraba la inocencia y dulzura de aquellos ojos que la acariciaban contemplativamente. Juan callaba mientras Cati hablaba sin respiro, leía en voz alta o sencillamente se mantenía en silencio. Solo la presencia del otro era suficiente para estar. No había nada más que el ser en la naturaleza. Existían la nada y el todo al unísono, el ruido y el sosiego, la paz y la guerra en perfecta armonía y libertad.

No faltaron las desavenencias, los desacuerdos, los disgustos, las soledades, algunos gritos ahogados por el respeto y emitidos por el amor, las noches enteras en vilo por plenitud o por vacío. Se quisieron como pudieron quererse y es todavía a día de hoy, frisando en los noventa años, que se dejan ver a diario, sin siquiera saberlo, paseando cogidos del brazo.

Ni el cuerpo ni la mente son lo que eran, pero la edad de la inocencia, de la bondad y la dulzura a pesar del peso y el paso de los años se ha mantenido intacta.

Si se le pregunta a Juan el secreto para estar toda una vida junto a la misma persona, él se calla abandonándose a una sonrisa mientras que tararea el olvidado bolero de Machín…

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