Hacer las paces con uno mismo y, por lo tanto, con la Humanidad.

¿Y si lo que hay es lo que hay? ¿Sabes cuando estás sobre la pista de algo realmente grande, una de esas verdades que aporta la quietud de mente y alma? Pues creo que está a la vuelta de la esquina y se llama rendición o aceptación. Siento, como tantas veces antes, que esa es la respuesta sabida y olvidada al mismo tiempo.

El ruido mental, la búsqueda y el etiquetaje han llegado a la cúspide, ese clímax esquizoide y egocéntrico que deja exhausto y sin otro resultado que el incremento en el volumen de las preguntas. Como si pensar, aumentara la obsesión por encontrar respuestas. Respuestas que llevan milenios sin poder ser respondidas, los lugares comunes de la humanidad y, a lo mejor y quizás por ello, productos de la mente pensante.

Pero llega un punto en el que la única contestación es la rendición absoluta y aceptación sin condiciones. La incondicionalidad es la única condición. Esa es la única respuesta: aceptación integrada en los tres centros, punto. Todavía no la he integrado, de momento está en dónde queda todo bloqueado: en la mente, tiene que ser digerida y no lo será hasta que no deje ir lo que sea que tengo que dejar ir y hacer lugar para acoger un renovado futuro bajo cualquier forma, no importa. Pero sí, estamos reviviendo constantemente el pasado, aquello que dije, aquello que hice, aquello que fue…así no se puede enfrentar nada limpio.

La rigidez es una manera de conflicto interno precisamente para dar respuesta al tropel de ideas contradictorias que se suceden. «Si me rijo por unas normas y me ciño a ellas, anularé la incongruencia». Y realmente uno se lo cree y durante un tiempo la maquinaria funciona como un reloj suizo… hasta que se abre la brecha del quiero pero no debo. Así que se refuerza la firmeza y, a medida que aumenta el refuerzo, aumenta la tirantez y la presión interna crece y… círculo vicioso que te crío.
«Quiero, quiero, quiero… no debo, no puedo, es intolerable…» aunque ni el quiero ni el debo son naturales, sino producto de la mente.

Y venga, a darle vueltas al tema buscando siempre el porqué del cómo, del cuándo, del dónde. Pasando revista obsesivamente a todos los episodios de la vida que llevaron a desarrollar aquel rasgo que se interpreta como la causa del problema. ¿Qué problema? Si para empezar el problema es causado precisamente por la búsqueda o por la clasificación y la posterior identificación «yo soy así, pero no asá». ¿Podemos acoger el «no soy nada y soy todo»? Eso sería absolutamente renovador, cada segundo seríamos aquello y nada. Mágica alteración constante.

La solución racional no es solución en modo alguno, sino todo su contrario y además producto de la mente y, por extensión, del ego. Joder, qué cansina que soy cuando me pongo así. Voy a dejar de pensar, eso es lo más acertado y sencillamente aceptar que las cosas son como son y que uno es como es «yo soy así y también así y de la otra manera y sí, es incongruente, puede parecer incongruente, pero es así a veces y otras tantas asá». Somos egoístas y de repente nos desparramamos en afectos, el porqué no importa, que cada uno sienta el suyo propio. Y como dice Clive Staples Lewis en el libro «Los 4 amores» que se cruzó por casualidad cuando pensaba en las musarañas: «Al sentir el amor necesidad puede haber razones para rechazarlo o anularlo del todo; pero no sentirlo es, en general, la marca del frío egoísta. Dado que realmente nos necesitamos unos a otros.»

Me voy a tomar unas vacaciones de mí misma porque estoy hasta las pelotas de pensar y buscar explicación a los comportamientos nocivos o no nocivos. No quiero identificarme más. Es extraño y lógico a la vez, cuanto más leo, más me identifico hasta que hay un sinfín de identificaciones que se contradicen y todo deja de tener sentido. Una cárcel mental.
Cierro por vacaciones y me dedico a la ficción con lágrimas de realidad, las bicicletas rosas en un campo de tulipanes, símbolo de amor sincero. Es una flor increíblemente romántica que al regalarla expresa enamoramiento, pasión, amor incondicional y amor puro. A ver si florece también por dentro.

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