La primera Ley universal: Todo lo que necesitamos está dentro de la ley y todo lo que queremos está fuera.

«Todo lo que sucede está dentro de la ley»

A Martita, niña cojonuda allí donde las hubiera, le costó mucho asumir como axioma indiscutible que: «Todo lo que necesitamos está dentro de la ley y todo lo que queremos está fuera de la ley».

Siempre había pensado que el grado de esfuerzo y empeño que uno dedicaba a los menesteres determinaba el éxito o fracaso de cualquier empresa. Por ello, su vida había estado repleta de luchas, resistencias y muros infranqueables contra los cuales se había partido el cráneo en más de una ocasión.

Si algo quería, con determinación obsesiva, salía a cazarlo. No era una persona que gustaba de rezagarse, arrellanarse y pocas cosas la amedrentaban aunque muchas la atemorizaban. Al miedo había aprendido a plantarle cara a base de cerrar los ojos, caminar hacia él, embestirlo y darle muerte. A las personas no había todavía logrado enfrentarse y se vestía de ambages para abordar cuestiones profundamente superficiales. El discurso de Martita era diplomático pero en sus entrañas se fraguaba la antítesis de la prédica.

A Martita le daba miedo la muerte y, por antonomasia, la vida. Sentía que se perdía cual pollo sin cabeza, con premura y sin diligencia, en un circunloquio infinito. Ni principio, ni final hallaba en las reflexiones e inflexiones por las cuales divagaba. ¿Cómo empezó todo? La mente era un mecanismo que se disparaba sin la voluntad expresa del interesado y cuando uno quería acordarse ya estaba trabajando a pleno rendimiento y tenía al sistema entero subyugado.

Un día, mucho tiempo después de haber dejado de ser Martita, Marta tuvo que acudir a urgencias. Llevaba tres días sin dormir, con un dolor lacerante en el costado izquierdo de etiología desconocida. Ese dolor había estado allí mucho tiempo y, de vez en cuando, se había manifestado tímidamente, pero Marta por la naturaleza espartana de su carácter, había omitido la pueril y caprichosa llamada de atención. Aquella llamada había dejado de ser infantil. Las drogas de prescripción médica no habían logrado acallar, ¡Qué diantre!, bajar el volumen siquiera del desgañitado pesar. Marta no tuvo otro remedio que dirigirse a la consulta de un fisioterapeuta y hacer un alto en su camino hacia ninguna parte.

– Tu dolor es tensión física. El origen está en tu mente. Tu cuerpo es como una armadura oxidada al que probablemente llevas demasiado tiempo obviando. La única manera de arreglar este desaguisado es desde el mismo punto de origen.

Marta salió furiosa de aquel lugar. «Si tú no paras, la vida te para.»

EL CAMINO HACIA LA CURACIÓN
«La vuelta a casa», «Dejar de pensar(se)», «Dejar de intentar y luchar»


PRIMER PASO: reconocer la negación.
A ella no le pasaba nada. Obviamente sí.

SEGUNDO PASO: aceptar que, efectivamente, algo no estaba fluyendo de forma natural.
Reconocer la equivocación. El alma expresaba su descontento en el templo del cuerpo. Marta tenía que deponer las armas y escuchar las almas, mas era el del espíritu un idioma desconocido y obviado por la ignorante arrogancia. La mente era reina por aquellos lares infestados de fatuo ombliguismo, una enfermedad muy en boga en los albores de la era del homo sapiens sapiens. La sapiencia brillaba por su ausencia, congraciadamente, con gracia y mente.

«Necesitas todo lo que la vida te da y por lo tanto todo cuanto necesitas está dentro de la ley» «se quiere aquello que no se tiene, si no se tiene es porque no se necesita, por lo tanto, todo lo que se quiere es porque no se tiene y está fuera de la ley»

TERCER PASO: poner la mente al servicio del cuerpo y cultivar la paciencia
Comprendió que había que poner la mente al servicio del cuerpo y no dejar el cuerpo al servicio de la mente. Retroceder hasta el momento en que Martita se convirtió en Marta y salió a buscar todo aquello que pensaba necesitar. Así, debía aprender a soltar(se) y dejar ir. Todo aquello que tenía lo había salido a buscar, era fruto de la energía masculina. Muy poco vino a ella. Aquello que ella había provocado con su hombría y su fuerza bruta la estaba anquilosando. Tenía que liberar su feminidad, aprender a acoger, aprender a esperar y a pedir ayuda. Dejarse conquistar y no ser conquistadora de nada.

«necesitas recolectar lo que la vida te da y no provocar la simiente. Tu eres mujer, deja de hacer de hombre y acoge. No conquistes más y déjate conquistar desde la activa pasividad. Quítate esa armadura y ármate de blanda»

Martita comprendió y dejó de luchar. La lucha de la no lucha. Muchos años le costó la vuelta atrás y, dicen los agüeros de mal pájaro que siempre queda algo de guerra en la guerrera. La guarida de la guarrada.

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