Adiós, adiós, adiós: Hasta siempre My Lorca, mi poesía, estatua caduca que se me quedó fría.

El día de mi desembarco, un año y medio atrás, me azotó la cara un viento cargado de salitre. Se rescataron recuerdos de una infancia feliz y despreocupada aunque creo no haber conocido jamás la verdadera serenidad. La presunta calma siempre se encaramó a la rama más alta para ejercer de vigía en este mar de sosiego desapacible. Las aguas procelosas acompañaron todas mis travesías así que no les temo, al contrario, forman estas parte de la escenografía habitual y, sin su presencia, embarcarse devendría extraño.

El día que volví a pisar esta isla, me asaltaron algunos de los fotogramas adolescentes adoleciendo de un pretérito enfermizo que existió suspendido de alguna soga. Es el tiempo del olvido, como si aquellas imágenes no hubiesen sido nunca, como si aquella existencia se tiñera de negación y ausencia. ¡Qué insólita sensación! Una vida en tercera persona, relatada por un alter ego desde un punto de vista tan lejano como ilusorio.

Impulsivamente, decidí permanecer anclada a la ínsula de mi niñez por miedo a crecer aunque, por aquel entonces, no supiera que el temor gobernase este navío extraviado entre dos tierras desde el mismo instante de su concepción. Seguí aferrada a mi imagen, semejante a lo que me avine a ser, con una historia que contar bien parecida a la realidad de los pechos de goma, engañosa, ficticia y aparente. No sirvieron de nada las más de trescientas páginas de sinsentido que coronaban la primera mitad de mi vida y que alguna alma caritativa tuvo la paciencia, el aguante o el temple suficiente para explorar. No fui yo.

Todavía me faltaba un buen trecho antes de naufragar por completo así que continué a la deriva con la indiscutible certeza de haber tocado fondo. En mi fantasía tan solo restaba el viaje hacia la superficie, coser y cantar soplando pompas de jabón a través de una pajita.

Sentí una llamada profunda como si en aquel rincón me esperara un tesoro. Un pedazo de tierra en el mediterráneo que me proporcionaba la ilusoria seguridad y el aislamiento necesario para… ¿Para qué? Para darme cuenta de que el retiro perenne constituía una forma de comodidad que me impedía entrar en contacto con la realidad de mis limitaciones. El retraimiento no era más que la imposibilidad de confrontar a los de mi misma especie porque nunca me enseñaron a trazar los límites de lo aceptable. Me resultó más fácil el hermetismo asceta que la participación activa de la comunidad. Aun así, sé que mi interés por el jolgorio popular se mantendrá en las memorias del subsuelo. Sin pedirle peras al olmo, no obstante, que sea la soledad un refugio elegido y no impuesto desde la minusvalía.

Navegaba entonces por la negación de mí misma pensando que estaba comprendiendo la sabiduría milenaria de los grandes pensadores. Los lugares comunes ya no eran descomunales, sencillamente logré bautizarlos y acotar alguno de ellos ¡Cuánta ignorancia! Casi me avergüenza reconocerlo porque me recuerdo blandiendo orgullosa la que debiera ser la piedra angular de todo crecimiento: la Aceptación. Había leído tanto durante los dos últimos años, me había embutido e imbuido de aceptación y no tenía ni la más remota idea de que la aceptación pasaba por la aceptación de la no aceptación y de que para aceptar primero uno tenía que dejar de mentirse, mirar a través de la fachada del engaño y eliminar todo lo que siempre había tomado como verdadero.

¡Qué lejos estaba todavía de llegar a rozar siquiera la C! Uno tiene la mala costumbre de pensar que ha podado lo suficiente.

Más que descubrir, empezaba a admitir la vergüenza de reconocer que quería compartir mi vida con alguien. Para una como yo era bochornoso consentir que parte de mi persona ansiaba una alteridad. No cualquier alteridad, algo muy particular y especial que nunca había sido capaz de definir. Precisamente por no saber qué diantres buscaba terminé permitiendo la prueba y error de lo que parecía, pero no era y tolerando, en demasiadas ocasiones, el autoengaño que tanto caracteriza al humano. Creía que cuando encontrara lo que andaba rastreando algo me percutiría en el interior. Y realmente así fue, pero los golpes se confundieron con aquellos que nunca había sentido y por lo tanto permanecían desconocidos. Lo demás fueron una retahíla de «déjà vu» en muchas ocasiones demasiado familiares y, por lo tanto, correctamente incorrectos.

Tuve que pasar, como todo hijo de vecino, por varias experiencias de no correspondencia emocional para comprender que las relaciones se fraguaban entre dos individuos que departían de cosas diferentes llamadas de igual modo. Tergiversación semántica que se dejaba guiar por la corriente seméntica. Los objetivos de ambos solo podían divergir. Se establecía el conocido diálogo de besugos en el que hablamos el mismo idioma en dos lenguas distintas. Los momentos vitales de cada uno estaban bien separados, y tan sólo se encontraban corriendo en paralelo la maratón de la vida.

Si debiera poner por escrito todo lo que me he llevado de esta isla, tendría que escribir otro tomo de trescientas páginas. Puedo, no obstante, bosquejar aquello que he experimentado y que por seguro está adquirido y forma parte de estas carnes cada día más flácidas y enjutas.

La iluminación es un proceso destructivo y doloroso, al cual se llega por la voluntad de alcanzar un tipo de amor puro, primero para con uno mismo y, en segundo lugar y por extensión, para con los demás, nuestros semejantes. Este tipo de amor no es fácil de lograr y no digo que haya llegado a florecer plenamente en mí porque su consecución implica un proceso de aniquilamiento del propio ser que todavía no sé si es posible.

Hay que estar dispuesto a dar un paso adelante en todos los aspectos de la vida, dejar atrás una imagen, una identidad que nos ha acompañado desde que tenemos uso de razón, una identificación de etiqueta que nosotros mismos hemos ido forjando con los años y que nos ha protegido del mundo. El momento de iluminación llega cuando uno hace consciente que todo es una falacia, que nada de esto es ya necesario, que hay que desprenderse de todo para ser realmente aquello que somos en esencia. Lo que pensamos ser ya no sirve e impide seguir creciendo y encontrar el sendero que nos guía hacia ese amor más puro, sin quebrantos, ecuánime donde no existe la dependencia ni la manipulación. En ese lugar dichas herramientas no son necesarias, sólo reside la plena confianza en… algo que está muy por encima de nuestras capacidades cognitivas. Las energías masculina y femenina están en armonía y equilibradas porque a medida que avanzamos en el tiempo, vamos tomando conciencia de lo que presiona en el interior. A medida que crecemos espiritualmente vamos ponderando nuestro Yin y nuestro Yan en un «chino chano» acompasado quizás acompañado, seguro que acompañado, es imposible reventarse el ego en soledad.

¿Lo más importante que he sacado de My Lorca? Desde luego una toma de conciencia sobre la necesidad de desenterrar el Yin, la feminidad castrada por herencia, por inconsciencia, por rechazo ancestral. La sensación de traición e injusticias siempre presentes como constantes en la hoja de ruta.

El eje sobre el que pivotan muchos de los males que han acompañado a este pellejo cansado de sí mismo y que se debate por un renacimiento, una segunda oportunidad de vivir esa segunda vida tras el borrón de la primera. Ahora que he encontrado el problema, me dedico a dinamitar fortalezas dejando a la vista las vulnerabilidades. A veces siento el eco del miedo pero cada vez se hace menos presente. Me sorprendo no dando ya más explicaciones y explorando terrenos abruptos y tabús de otros tiempos.

Ahora la constante que siempre ha sido lleva otro nombre, pero es ella, la reconozco porque conecta mis desconexiones. El mar está en calma.

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