«No me gusta (dice MariPaz mi ego) la dependencia por eso intento, en la medida de lo posible, hacer todo cuanto puedo sola. SOLA. SOLA. SOOOOOOOOLA» Hay que darle un poco de protagonismo, últimamente la siento pedigüeña, la pobre.
Este personaje, MariPaz, mi ego, es la base de casi cuarenta años de pesadumbre, de hostias monumentales, de decisiones kamikazes, de impulsos compulsivos con pulso imperturbable. Para protegerme y asegurar mi supervivencia, la muy cabrona (aunque agradecida le estoy) forjó una armadura de hierro a mi alrededor. Una construcción que, con el paso del tiempo, se ha ido oxidando impidiéndome el movimiento natural. A veces, me ha dado por hablar de caparazón de artrópodo, otras, de muralla o pared de hielo… da igual el nombre, hoy la bautizo como MariPaz. MariPaz es la respuesta protectora, reactiva, impulsiva, irreflexiva y automática de esa debilidad interna que cada cual sabe que tiene.
MariPaz me ha encajonado en situaciones absurdas que, la mayor parte del tiempo, han ocasionado más destrozos que arreglos. MariPaz no pide ayuda, ella, como Juan Palomo, se lo guisa, se lo come y se enorgullece de ello. Tanto en cuestiones de fuerza física, de maña, de pericia, de experiencia, como también psicológicas y mentales MariPaz ha tratado de ser autodidacta, médico de su honra, psicóloga de sus abismos, bombera de sus ardores, Satanás de sus infiernos y Diosa de sus paraísos. Hubiera precisado de un ojo externo que supervisara los mecanismos y las trampas de MariPaz, pero nadie me avisó de que un ser adherido a mí llevaba la batuta al mismo tiempo que se dejaba llevar por un monstruo más profundo al que ni siquiera ella conocía.
¿Qué hay de malo en necesitar? No hay nada malo, al menos lógicamente así opina una parte de mí un poco más madura y sin tanta armadura. Es normal tener necesidades afectivas, generar apego, querer encontrar un amor, hacer buenos amigos o querer buenos vículos en la familia. El conflicto interno no se genera con el razonamiento lógico, sino cuando asoma la creencia limitante implantada, desde vete a saber cuándo, en el inconsciente y que da a luz al orgullo y a la fiereza del «yo puedo con todo» dando paso a un sentimiento encontrado. Si pido ayuda, amor, cariño…es que soy vulnerable y MariPaz no lo tolera. La imagen que me construí ha estado errada prácticamente toda la vida y ha llevado a ese campo de batalla característico de la disonancia cognitiva donde uno se piensa de un determinado modo pero se siente de otro.
Empecé a bajarme del burro cuando me di cuenta, no sé exactamente por qué milagro, de este proceso de negación que me tenía acorralada y escindida entre lo que decía, lo que pensaba y lo que sentía. Una triada que, en vez de unirse afectivamente en un poliamoroso «ménage à trois», se repelía causando un descuartizamiento interno, una fragmentación que estaba acabando con cualquier lógica y cordura.
Ya fuera porque el sufrimiento se hizo insoportable o bien porque el universo envió las señales adecuadas en forma de eneagrama, esquizofrenia o enfermedad, encontré una manera sencilla de terminar con el escarnio. En ese punto nació la aceptación reparadora de abismos.
Se inició tímidamente el reconocimiento de que por una parte, la cara visible, está lo que se anuncia al mundo, en un segundo plano corre lo que se piensa y en un tercer plano mucho más profundo (y causante de la disonancia) baila a su ritmo lo que se siente. Y cuidado con el «sentir», que no todo sentir es real especialmente en las personalidades emocionales donde el «sentir» es una hiperplasia cancerígena que las acorrala en una centrifugación de esas emociones muchas veces construidas desde la mente y no pueden zafar de «aquello o aquel» que les despertó la emocionalidad.
La tercera capa suele estar embotada por años de omisión y su llamada se abre paso a través de un eco que oímos como un rumor de fondo. Ese susurro es el que guía nuestros pasos hacia las experiencias que tienen como objetivo desenterrar lo que realmente necesitamos y cuya respuesta se encuentra en esa terca y certera capa, en la cavernosas catacumbas de nuestro cerebro. Enterrada bajo vendajes egoicos para evitar exponer la profundidad de la herida, esta continua infectada y purulenta de la cual mana un pus que corroe nuestros afectos más básicos. El personaje se afana por cubrir el agujero, craso error pues nunca termina de curar si constantemente se tapa. El despertar espiritual es coger un bisturí y abrir un boquete que debe llevarnos hasta la fuente infectada. Para ello es necesario ser capaces de soportar el dolor sin anestesia, pero haber llegado a la conclusión que o nos curamos o morimos de asepsia.
Vagué treinta y seis años dando palos de ciego a diestro y siniestro, sintiendo, pensando y diciendo tres cosas diferentes y acrecentando cada vez más la distancia que separaba los tres fragmentos internos. MariPaz se creyó invencible y, acostumbradas a espabilarnos solas, nos formamos la imagen de independientes guerreras que no necesitan de nada ni a nadie. Sorteamos todos los obstáculos que íbamos encontrando por el camino, así que, al toparnos con puertas cerradas a cal y canto, hicimos caso omiso del cierre y, abanderando el axioma «nada es imposible» con tolerancia cero a la frustración y no aceptando una negativa por respuesta (todo debe ser dicho), abrimos la mayoría de ellas cayendo en los agujeros negros que detrás de las mismas aguardaban.
Me convertí en bolo alimenticio, en bola de billar, en carambola y carambano. Terminé siendo excretada por aquellas habitaciones del pánico deshabitadas. Deambulé por desiertos áridos y despoblados y me ahogué en torrenciales corrientes de ríos que me arrastraron hasta las profundidades marinas, páramos de agua salada. Hace poco fui sal de hada, de la que pica y escuece sobre los arañazos porque también soy corrosiva y tóxica cuando se establece una de esas relaciones de agua y aceite heterogéneas que queremos homogeneizar a toda costa. Bueno, es MariPaz la que lo quiere.
Así que con un par de pelotas, de ovarios, de cojones o de narices (a gusto del lector) he hecho cuanto ha estado a mi alcance para no depender y, para mi gran sorpresa, me convertí en dependiente. Ironías de la vida, la negación nos convierte en reos de aquello que rechazamos con el consiguiente autoengaño facilitado por nuestro mayor salvavidas: el ego.
Más que la piel de gallina, soy una gallina de piel que se estremece al ver todo el circo que se creó alrededor de esa terca y certera tercera capa profunda a la que solo se puede llegar con paciencia y aceptando que MariPaz también es «yo» y que la negación es una manera de obviar lo obvio. Los demás lo ven mientras tú intentas desviar la atención. Eso sí te hace vulnerable. La vulnerabilidad reconocida e integrada, por el contrario, permite la toma de conciencia, único camino real hacia la esencia y la Paz sin Mari.

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