«La identidad de una persona no es el nombre que tiene, el lugar donde nació, ni la fecha en que vino al mundo. La identidad de una persona consiste, simplemente, en ser, y el ser no puede ser negado»
– José Saramago –
Empezó la sesión sin saber de qué iba a hablar. Tengo la sensación de que avanzo lentamente, sin muchos insights, pero profundizo en este aceptar y remiendo de pedazos. Puntada tras puntada parece que la colcha de patchwork se va confeccionando.
Hablé de algo que ha venido desvelándose estas últimas dos semanas, especialmente esta semana que toca a su fin: la polaridad por una parte y por otra la compulsión de nombrar, etiquetar y clasificar absolutamente todo lo que va succionando los adentros. Me parece más fácil aceptar algo bautizado que una simple sensación. Es como una obsesión que me persigue: poner nombre para identificarlo. El problema sobreviene cuando, al buscar y encontrar, se clasifica y, entonces, el cuerpo o la mente expresan aquellos síntomas descritos. Así que, básicamente, soy capaz de tener cualquier trastorno. A esto le llaman hipocondría. Me río del Woody Allen interno, pero coño que no hace gracia porque responde a algo mucho más profundo que es la falta de identidad.
El descubrimiento de tal o tal cosa me encierra en una visión de túnel que ocupa la preocupación y me atora. «Tengo que» dejar de delimitar aunque, gracias a ello, he sido capaz de ver y comprender desde la vivencia ciertas afectaciones en otros así que tampoco deseo dejar de lado esta debilidad (cuando obstruye) convertida en virtud (cuando desatasca). Habrá que modularla y aprender a emplear los poderes mágicos cuando la situación lo requiera.
Un comentario me hizo darme cuenta precisamente porque provocó en mí una gran turbación y enfado. Pensé que la persona que ponía el dedo en la llaga estaba resaltando algo que, precisamente, siento que hace ella misma (el etiquetarlo todo) y se estaba tratando de una proyección. Seguramente lo fuera, como siempre. Cuando reprendemos a alguien lo hacemos desde nosotros. Es más fácil verlo en los demás que en nosotros mismos. En este caso, no obstante, el comentario echó sal a la herida palpable pero todavía invisible, por algo sería.
Me fui a la cama y, al día siguiente, releí la situación desde el espejo del salón. Si me estaba provocando tal rechazo es que algo cierto encerraban las palabras. Y sí, gracias, soy consciente de este constante repiqueteo egoico, este «self centerism» o «self yonquismo» que interpreto como la necesidad de siempre estar removiendo las aguas internas para evitar que se paralicen y me muera. Lo que ocurre es que en este remover compulsivo no hay lugar para asentar los conceptos y se convierte en «movimiento por movimiento» igual de estúpido, inservible y mortífero que el estancamiento. Ironías de la vida, los extremos se masturban.
No siento que tenga una identidad definida por lo tanto sigue siendo una obsesión buscar la identificación con algo, etiquetar, nombrar, clasificar enfermizamente.
Tiempo y trabajo pulirán la superficie todavía demasiado abrupta. Pico y pala, hormiguismo y ombliguismo hasta que vea que correr por correr es tontería.
💯
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