Terapia #17: Robe, el infierno y pito, pito gorgorito ¿Dónde vas tú tan bonito? A la acera verdadera. Pim, Pam, Fuera. Abuela oscuridad paridera de la luz me honró con su presencia.

Fotograma de la película: «Cuando fuimos brujas» de Nietzchka Keene. Un clásico de culto que dio a conocer la figura de Bjork. Un cuento de brujas que pone de manifiesto la emancipación femenina dentro del contexto del folklore nórdico. (Esas pelis donde no pasa nada que dirían los amantes de la acción)

Cuando los elementos circundantes hayan cambiado de lugar, cierra los ojos. Los elementos interiores siguen en su sitio pese a las circunstancias.

Regresé al campo de batalla con los ánimos ensalzados por el repique de mi pandereta aunque a sabiendas que al tirar la moneda no siempre podía enseñarnos la cara. Flip the coin. No me gustan los juegos de azar de la vida, pero así son las reglas. La madre tierra me sostuvo durante las dos últimas semanas, la luz, lo amable, el vigor y ahora le tocaba a la madre de la madre hacer aparición. La oscuridad llamó a la puerta. Tocaba espumarajo de abismo, acantilado de luna, sonrisa menguante.

Abrí a pesar de las reticencias. El laberinto se presentó de nuevo. A regañadientes, me entretuve observando el cambio de emplazamiento de los muebles. Mareé un poco la perdiz haciéndome la sueca, a la derecha, a la izquierda, un poco arriba, «¡Uy! por aquí ya he pasado» Miré el reloj de soslayo y todavía faltaba la eternidad condensada en cincuenta minutos así que me arremangué y encontré rápidamente el camino al centro del atolladero.

Era el mismo camino de siempre, pero de tanto haber pasado por ahí, las miguitas de Pan de Peter, hicieron sonar a Campanilla y me dirigí al embrollo, ese que duele, ese que se ilumina con solo mirarlo. Y allí estaba maravillosamente emplazado, en el corazón: Inicio y fin de todos mis lamentos. ¡Eso pensaba yo, pobre ilusa! Al tocar el cáliz de fuego, me fui a la mierda. Era un puto Horrorcrux que me llevó a un lugar mucho más lejano, dejado de la mano de Dios, padre cada vez menos poderoso. Creo que Cristo perdió el gorro por aquellas tierras de penumbra.

¿Este multiverso no tiene fin? Cuando parece que estoy saliendo de una me meto en otra, como la vida misma. Alguien me dijo en una ocasión: «a veces es mejor no remover demasiado». Pues en ese momento, querido amigo, te di toda la razón. Se abrió un boquete que resultó ser un pozo, un agujero sinfín, un abismo de esos que nunca terminan. Manó el dolor a mansalva, y Cristo multiplicó las hostias como panes.

De repente, se posó un gorrión en mi hombro cuyo aleteo me tranquilizó. No sé cómo supo el chiquitín que necesitaba la presencia de un ser vivo, al rescate vino y con sus alitas mágicas me abanicó el corazón y la ráfaga de viento calentito me apaciguó.

Piuló una canción «no soy yo, eres tú…» y su gorgorito me hizo sonreír. De tanto salvar almas perdidas seguro que las debe de haber visto de todos los colores, especialmente del de la esperanza. «Lo sé, no me puedes sacar de parte alguna, pero ¡Qué bien sienta la existencia de un corazón que late así sea lejano y diminuto!»

Dejé que el pajarito volara porque así es el amor por las cosas, hay que permitirles que vengan y se vayan en libertad y a mí me gustaba disfrutar de su vuelo y de su alegría. Compartir resulta más hermoso todavía si no se quiere poseer y ambos se eligen.

Me devolvió a la entrada del laberinto y me despedí hasta la próxima que no sabía cuando sería, mas antes de llegar a mi hogar se abrió la tierra y caí en los infiernos. Satanás me esperaba con un cubo de cebollas peladas, me ató de pies y manos y me obligó a meter la cabeza en aquel cubo encebollado. Como dijo Robe: «he llorado tanto, he llorado tan adentro, he llorado tanto que se ha apagado hasta el infierno.»

Desgarro almal con el que no sabía qué hacer. Es como tener un aneurisma que explota. Te desangras buscando aguja e hilo y los últimos momentos de tu vida te los pasas buscando en vez de sentarte a expirar.

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