El odio del eneatipo 4 sexual: Indagación profunda desde el observador. La intensidad del odio como mecanismo de supervivencia.

Estos últimos tres días han vuelto a convertirse en un infierno personal de aquello que pensaba haber dejado atrás: el odio. Sin embargo, he tenido la oportunidad de explorar con mayor profundidad y consciencia esta sensación tan familiar. Quizás, a través de estas palabras pueda llegar al origen del mismo.

He podido comprobar que el odio aparece cuando hay frustración o un quiebre entre mis expectativas más profundas, pues esto ya no va de superficialidades teniendo en cuenta el recorrido. Me aventuraría a decir incluso que es un odio estructural que me permite sacar la fuerza para seguir adelante, incluso a pesar de los eventos en contra. Luchar. Esa contienda constante en contra del mundo. Ellos y yo.

Energéticamente sería algo así como una falla que se abre dentro de mí y se cuelan todo tipo de bichos, parásitos, larvas, engendros de baja calibración que retozan en este tipo de energías.

Esta vez, no obstante, ha sido un ataque permitido y observado desde la consciencia. No he querido deshacerme de esto, sino experimentarlo, no frenarlo ni protegerme para poder ver a dónde me llevaba.

En este estado he podido comprobar que hay una voz que me susurra lo mal que está todo. Vuelvo a conectar con «Carencia F.M». Empiezo a desconfiar de mí, particularmente de todo el recorrido que con tanta certeza y aplomo elegí. «A lo mejor he estado equivocada. Quizás el universo no tiene estos planes para mí. Puede que no esté hecha para esto. Es posible que, es imposible que, es probable, dudo que…» + presente del subjuntivo. El subjuntivo es el modo que utilizamos para expresar la subjetividad, de ahí su nombre. Mientras el indicativo, indica hechos observables, el subjuntivo indica onanismo egoico. El Universo propone, Dios dispone, la consciencia superior… el caso es no asumir la responsabilidad de una FRECUENCIA MENTAL DE MIERDA.

Soy yo y solo yo la que se cava su propia tumba. Y no lo digo en vano, soy responsable de observar que estoy siendo atacada, que me inundo de odio, de tristeza. Puedo elegir cambiarlo o sencillamente reaccionar como siempre.

Mi odio se dirige hacia el exterior pues tal es el mecanismo de la proyección. Proyectiles de desprecio hacia los que más quiero. Munición de rencor, animadversión. Un obús rectal (tan de moda en estos tiempos) de ira, inquina y fobia hacia el mundo entero. En la parte izquierda del pecho, bajo el seno, siento una tensión que es como un dolor agudo. No llega a ser un pinchazo, sino más bien un nervio crispado atrapado en una masa muscular. Su irritación se expande a lo largo y ancho de la parrilla costal izquierda. Conquista el hombro, el tríceps por su parte posterior. Ataca el dorsal hasta la cintura. Me enfurezco cada vez más.

Quiero hacerle daño a alguien. Quiero que sientan mi dolor. Quiero castigarlos a todos. ¿A quiénes exactamente? A cualquiera que esté cerca, especialmente a los que más quiero. Me aborrecen. Los quiero cerca para herirlos con palabras punzantes. Mi desprecio no pasa por lo físico, sé que lo que más duele son las palabras que se clavan en la memoria. Me alejo de ellos y quiero que me sientan lejos, ese es el castigo «Notad que ya no estoy». Me preguntan qué me pasa, me sostienen, me proponen… los desprecio. Quiero gritar que se vayan a la mierda. Apago el teléfono: «Que se jodan todos» me dice la voz. Si me buscan, me voy. Si no me buscan los odio: «No les importas» me susurra de nuevo el diablo que hay en mí.

LOS PUTO ODIO A TODOS. NO PUEDO MÁS DE ESTA MIERDA. QUE SE JODAN, QUE SE PUTO JODAN. A TOMAR POR CULO.

Me doy cuenta de que este pérfido susurro quiere fomentar el odio porque es la gasolina que lo hace salir del atolladero. Es lo que aprendí a hacer, odiar para sobrevivir. Ahora observo este odio y trato de comprender qué hay detrás de este grito desesperado.

En realidad solo me odio a mí. Los demás son tan solo una excusa para enseñarme mi propio desprecio hacia mí. Quiero castigarme, hacerme daño. Me maltrato. Uno de los mecanismos es privándome del placer. Me veto la alegría. Me castigo físicamente, lo más sencillo es entrenar y cuanto más duela, mejor. Restricción calórica a la par. Que el estómago grite, no lo voy a escuchar. Lo odio. El nervio irritado arremete con más fuerza y eso incrementa el volumen de la rabia. Me retroalimento de mi propia mierda y, de alguna manera, disfruto de mi propio maltrato. Es tan familiar…

Me traen un inocente ramillete de flores silvestres como aquellos que le hacen los niños a sus madres y abuelas. Quiero tirarlo al suelo y pisarlo para demostrar cuán asqueroso me parece el amor que me profesan. Me abrazan… me pongo a llorar desconsoladamente. Se apaga la lucha, se apaga el mundo, se calla la puta voz en mi cabeza.

Me doy cuenta de que alejo a las personas voluntariamente para tener un pretexto para odiarlas y seguir caminando con fiereza. Me doy cuenta que me encierro en mí misma para evitar que nadie me cambie. Evito. Evito sentirme vulnerable mediante la ira. Manipulo siendo agresiva. El odio me protege del amor. Tengo miedo a hacer las cosas diferentes. Observo que no acepto la frustración cuando las cosas no ocurren cuando «yo mando». Dejo de confiar en el proceso y que todo se da cuando se tiene que dar, cuando uno permite que se dé.

El odio es un grito de amor desatendido.

@el_refugio_del_asceta

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