Si, como hemos visto en el capítulo dos, la comida no es un ansiolítico, ¿por qué demonios consigue calmarnos?
La comida «chatarra» es atractiva porque sabe bien y porque funciona (a corto plazo). Cuando una persona está ansiosa, nerviosa, triste, deprimida, enfadada, alegre incluso o muy estresada, consumir alimentos de sabores intensos ricos en azúcar, grasa o sal suele producir una sensación rápida de alivio o satisfacción.
La comida no cura sino que ofrece un alivio momentáneo, es un analgésico emocional, un consuelo instantáneo cuyos efectos son temporales y cuya ingesta no resuelve el problema tan solo aplaca el dolor durante un rato.
Quizá hayas experimentado esta sensación:
– Te has levantado temprano con sensación de no haber descansado apenas has desayunado.
– El camino al trabajo ha sido un infierno que te ha llevado más de lo normal.
– Ha habido que apagar fuegos constantemente.
– La reunión de las dos se ha alargado,
– Has comido rápido y mal.
– Te has tomado cinco cafés para poder aguantar
–
Y por fin, llegas a casa después de un día difícil. Recuperas tu lugar en el mundo, abrir la nevera o la despensa y sentir quete duchas, te relajas aunque si tienes hijos te exprimes un poco más.
Finalmente cae la noche, todo está en silencio y estás viendo el primero de los tres capítulos que caerán antes de irte a dormir de esa serie que te tiene enganchado.
Acabas de cenar, no tienes hambre. Te sientes saciado y, aún así, sientes que quieres ir hacia la nevera o la despensa. Se te cruza por la imaginación un poco de chocolate, un heladito, alguna que otra galletita. Si eres más de salado piensas en esos cacahuetes, un poquito de jamón del bueno, el nuevo saber de patatas que querías probar. Te parece una buena ocasión para hincarle el diente a cualquier cosa.
No necesitas energía, pero sabes aunque quizás de manera inconsciente que después de comer eso que tienes sen mente algo dentro de ti va a cambiar. Aunque tu cerebro esté ocupado mirando a la pantalla, una parte de ti está pensando en la comida.
¿Eres de los que tiene un debate interno en paralelo? Un sí pero no. Finalmente gana el sí, te levantas y vas a por «eso» porque hay un beneficio asociado a su ingesta.
«Me lo merezco», «Ha sido un día de mierda», «Mañana ya comeré bien o compensaré haciendo ayuno», «No pasa nada por un trozo», «Tampoco hay que ser tan rígido», etc… Te das ese capricho porque «a veces hay que consentirse un poco» y porque «por un día no pasa nada». Conoces el bucle mental.
Este diálogo interno no solo ocurre con la comida, cualquier cosa a la que estés apegado lo provoca: consumo de redes sociales, scrolling infinito, tabaco, drogas, compulsiones varias, incluso la rumiación y darle vueltas a un tema es una compulsión.
Consumes. De repente cambia todo. Durante unos minutos dejas de pensar. Te desconectas de tu radio mental, la tensión disminuye, el cuerpo se relaja, la a irritación se apaga. Ese vacío inicial parece llenarse y surge la pregunta:
Si sé que no tengo hambre, ¿por qué comer me hace sentir mejor?
La respuesta no está únicamente en la comida. Está en lo que ocurre antes, durante y después de comer.
La comida no solamente alimenta
Cuando comemos, no estamos introduciendo únicamente energía en el organismo. Se ponen en marcha un conjunto de procesos fisiológicos, sensoriales y emocionales.
El sabor, el olor, la textura, la temperatura, la masticación, la deglución, la sensación de tener el estómago lleno… todo ello proporciona información al sistema nervioso y algunas comidas producen, además, una experiencia sensorial altamente intensa.
Las percepciones puede llegar a ser muy intensas. Todos los matices como si es dulce o salado, graso, crujiente, cremoso, caliente, frío o helado crean en nuestro cerebro una estimulación
Los alimentos altamente apetecibles activan circuitos relacionados con la recompensa, la motivación y el aprendizaje. La dopamina participa especialmente en la anticipación y en la atribución de valor a aquello que esperamos obtener. De tal forma que antes incluso de comer, ya estamos sintiendo alivio.
Pensar en el consumo puede convertirse en una especie de promesa:
«Cuando llegue a casa y me coma …. estaré mejor»
La acción nos desconecta del sentir
Cualquier tipo de acción precisa de predeterminación, dirección y movimiento. Mientras estamos en la acción, no estamos pendientes del sentir, de la emoción. Nos servimos de las emociones para ponernos en movimiento.
Si estás en el sofá ocupando tu cerebro en desconectarse del cuerpo, viendo esa serie que te mantiene en vilo, una parte de ti (tu cuerpo que es tu inconsciente) está activado.
Hay tensión muscular, pensamientos repetitivos, inquietud, dificultad para dejar de darle vueltas a algo. A pesar de estar enchufado a la tele, hay un «run run» por detrás, una sensación corporal de la que no puedes zafarte.
Comer implica ocupar mente y cuerpo en esa acción predeterminada, concreta, precisa y por fin distraer a tu cuerpo. El foco de tu atención se desplaza.
Ya no estás exclusivamente dentro de tu cabeza. Estás teniendo una experiencia corporal y, eso, puede producir un cambio real en tu estado interno.
No has solucionado nada pero durante un rato has dejado de estar en contacto con ello.
La comida se convierte en una manera de regularte
Ya has creado el camino neural. El cuerpo entiende que si hay algo que le preocupa, comiendo se calma.
Esa conducta repetida a lo largo de la vida crea un hábito y un hábito sostenido por años crea identidad.
Has aprendido una asociación y cuanto más veces se repite una asociación, más automática puede llegar a hacerse. Hasta que quizá un día ya no seas capaz de identificar qué sentías antes de comer. Solo sabes que necesitabas comer.
Ni qué decir tiene si en tu familia aprendiste a emular este tipo de conductas porque quizás tus padres aprendieron a regularse así porque sus propios padres les sirvieron de modelo.
Y así, podemos remitirnos a no se sabe cuántas generaciones antes que tú. No tienes la culpa de haber aprendido esta conducta, pero si estás aquí leyendo esto quizás sí tienes la consciencia suficiente para cambiarla si te está perjudicando.
La respuesta fisiológica: el cortisol
Como vimos en el capítulo anterior, al estar bajo estrés, se activa una respuesta fisiológica con la participación del eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal y el cortisol. Hay un aumento de cortisol en nuestro organismo.
Hoy en día, está demostrado que el cortisol puede modificar el apetito, la elección de alimentos y la sensibilidad hacia determinados estímulos relacionados con la comida.
Si unimos lo anterior con el hecho que, por asociación, has aprendido a regularte comiendo, esa conducta adquiere valor como estrategia de regulación.
La comida no tiene que eliminar el estrés para que el cerebro aprenda que sirve para afrontarlo, le basta con que consiga producir un alivio momentáneo.
El verdadero problema: no tener elección
Has aprendido que comiendo puedes calmarte y no has aprendido otras maneras diferentes de hacerlo.
Echas mano de la comida para aplacar la tristeza, celebrar la alegría, paliar el miedo, engullir la rabia. Todo se reduce a desconectar de la experiencia emocional.
De hecho, comer se convierte en una herramienta para gestionar la experiencia emocional. Es un vehículo a través el cual puedes canalizar la emoción.
Hay una película que, lejos de ser una película de calidad, trata este mismo tema y me pareció muy triste y a la vez muy esclarecedora: «La ballena»
Dejo el link que es gratis, solo tienes que registrate en la página de rtve para poderla ver:
https://www.rtve.es/play/videos/cine-internacional/ballena/16814122/
También aprovecho para recomendar una serie de la cual ya hablé en su día:
«Yo, adicto». Aprendí que cualquier cosa puede convertirse en una adicción y que yo misma era adicta a una serie de comportamientos «sanos».
También aprendí que el problema no es el comportamiento sino DESDE DÓNDE se acciona y la consciencia sobre el DESDE DÓNDE SE ACCIONA cambia por completo el resultado.
Si aprendes a sostener las emociones sin necesidad de procesarlas a través de una actividad, puedes elegir libremente hacer esa actividad. Hay que romper el vínculo de asociación que hay entre el disparador corporal y la conducta.
Cuando aparece ese impulso aparentemente irrefrenable de comer, quizá podrías intentar no preguntarte «¿Por qué no puedo controlarme?» y cambiar la pregunta a «¿Qué estoy sintiendo y dónde lo esto sintiendo?».
En un primer momento, el objetivo no es la restricción, luchar contra el impulso, la fuerza de voluntad o demostrar que eres capaz de controlarte. Lo importante es empezar a observar lo que hay debajo de la necesidad compulsiva.
¿Se puede hacer solo?
Una parte del proceso como es la toma de consciencia sí se puede. Sin embargo, la experiencia me ha demostrado, año tras año, que las conductas automáticas pueden reemplazarse por otras tan automáticas como las anteriores.
El que deja de fumar, se pone a comer.
El que deja de comer se pone a fumar.
Así reemplazamos una cosa por la otra y acaba por ser lo mismo.
La toma de consciencia se realiza a través de la terapia, paulatinamente. Paso a paso. Tal y como fuiste programando tu cerebro, tienes ahora que desprogramarlo reescribiendo un camino de respuesta diferente.
OTROS POSTS DE ESTA SERIE:
Capítulo 1 SERIE comprender mi relación con la comida:
¿Qué es el hambre?
Capítulo 2 SERIE comprender mi relación con la comida:
¿Cuándo el cuerpo pide comida y cuándo pide otra cosa?
Capítulo 3 SERIE comprender mi relación con la comida:
¿Por qué la comida calma?
Capítulo 4 SERIE comprender mi relación con la comida:
Lo que aprendimos sobre la comida sin darnos cuenta.
Capítulo 5 SERIE comprender mi relación con la comida:
La comida nunca fue el problema.

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