AMAR O DEPENDER (II) Walter Riso. Vale, ahora que sé que soy un dependiente… ¡¿Qué hago?!

¿Es posible dejar de ser un adicto? ¿Es posible el desapego? ¿Significa que trabajar el desapego es sinónimo de mantener una lucha campal con uno mismo entre la razón y la emoción? ¿Duele extirparlo?
Primero y ante todo hay que entender que la vida es un recorrido en el que deberíamos ir descubriéndonos y comprendiendonos cada vez más. Hacer conscientes ciertas conductas que nos envenenan es un voluntariado de años en el único viaje que merece realmente la pena: el que se hace hacia el interior uno mismo. Es un viaje que no precisa de nada, que sobrevive al tiempo y que deja recuerdos reales bajo la forma de cambios arraigados en la experimentación del sufrimiento.

Duele, sí, pero es un dolor que libera, sana e insufla fuerza. Una vez se le ponen nombre y apellidos a aquello que sentimos casi todo el trabajo está hecho. La toma de conciencia aporta claridad, ilumina una parte de nuestro mapa interno que estaba a oscuras y en donde subrepticiamente el ego nos seguía musitando palabras de odio, tristeza, rabia y desesperación. La toma de conciencia es el paso más importante de todos para sencillamente aceptar esa parte de nosotros, tenerla en estrecha observación y estudiarla muy de cerca. Estar alerta, ver cómo, cuándo y por qué se mueve es un trabajo con el que, automáticamente, cambiará todo.
Esta es una afirmación propia, comprobada empíricamente, antes leída en las sabias palabras de Krishnamurti y de Eckart Tolle en «El poder del ahora». No comprendía, pero acabé comprendiendo con atención plena, deseo de cambio y paciencia, mucha paciencia.

SEGUNDA PARTE: PREVENCIÓN DEL APEGO AFECTIVO Y SEGUIR AMANDO

Hay esperanza, dejar el apego es madurar, tomar responsabilidad de uno mismo, independizarse para ser libre de todo. La mejora viene, no obstante, con el entreno, con el cuidado diario. Igual que una dieta solo sirve temporalmente, aplicar lo que en estas páginas figura puede también operar el mismo resultado impermanente. Por ello, la primera parte de este artículo avisaba sobre la necesidad de una reestructuración afectiva y no sobre un cambio puntual y anecdótico. Hay que querer dejar de ser, no cambiar una cosa por otra, una película por otra, una dependencia por otra sino DEJAR DE depender. Todo ello demanda compromiso en un proceso continuo, diario, que no puede ser descuidado. Es un entrenamiento de fondo, no de potencia donde la meta no es «llegar a ser», sino sencillamente «estar siendo» cada día.

El objetivo es fomentar la independencia psicológica sin por ello dejar de «amar». De hecho, lo que ocurre es que cuando somos independientes aprendemos a amar y nos resulta insoportable ver revolcarse en el fango de la dependencia a los demás. Duele sobremanera ver humillarse, sufrir y mendigar amor en el prójimo.

Son tres principios de base que fomentan el anti-apego y estos son:

  1. El principio de la exploración y el riesgo responsable:

    Explorar los confines de nuestras limitaciones y vencer el miedo a lo desconocido. El miedo es lo que más nos frena a la hora de crecer. Miedo. Revertirlo es «sencillo», hay que enfrentarse a ello.
    El miedo es una sombra, un proceso de la mente, cuando se trata de un miedo psicológico, obviamente cuando la integridad física corre peligro es otra historia pero en este punto la mente nos confunde. El trabajo de esta emoción es preservar nuestra supervivencia, no obstante, nos aleja de lo desconocido que puede resultar una fuente de placer y deleite. «Más vale malo conocido que bueno por conocer». Pues sinceramente, no.
    ¿Que pasaría si…? Normalmente no suele pasar nada si esto o aquello. Es todo una construcción mental que hay que comprender.

    El anclaje al pasado es la piedra angular de todo apego y, como dicen Krishnamurti y Tole, y se ha comprobado empíricamente, el pasado es producto del ego, sólo existe si se piensa en él, igual que el futuro es una proyección del ego basada en el pasado. A este tema se dedicará un artículo entero porque para aplicar todo cuanto se nos indica en «Amar o depender» es fundamental un proceso de desidentificación y vencer el miedo a «dejar de ser» nosotros.

    Amar no es acostumbrarse al otro y dejar de explorar el mundo que nos rodea porque eso nos seca y nos empequeñece. Y explorar el mundo que nos rodea no significa dejar de prestar atención al otro. Una cosa no excluye a la otra.
    Amar no es anularse, sino crecer junto a esa persona. Un crecimiento donde las individualidades, lejos de opacarse, se destacan. Querer a alguien no significa perder sensibilidad y volverse una marmota sin más intereses que lo mundano. El principio de la exploración responsable (por «responsable» entiendo hacer lo que nos venga en gana, siempre y cuando no sea dañino ni para uno ni para otros) sostiene que los humanos tenemos la tendencia innata a indagar y explorar el medio. Somos descubridores natos, indiscretos por naturaleza.

    Herman Hesse: «Él había amado y se había encontrado a sí mismo. La mayoría, en cambio, aman para perderse»

    Aquí el libro propone algunas sugerencias prácticas del orden del entretenimiento que no creo que sirvan de mucho si el anclaje en la desesperación es muy profundo. No se trata de distraerse y mirar hacia otro lado, sino de concentrarse en comprender por qué nos pasa lo que nos pasa. Alimentar la espontaneidad y el juego haciendo travesuras como estornudar en una biblioteca en silencio no me parece la solución al sufrimiento. Bucear en lo intelectual, empezar a tocar un instrumento o asistir a clases, sentarse en un parque a leer poesía, cultivar los alter egos, viajar o conocer a gente son medidas para empezar a desapegarse centrando la atención sobre sí mismo. Estas medidas permiten el florecimiento de un mundo personal pues, por lo general, el que se apega, como hemos visto, es porque no tiene nada suyo propio. Estas medidas no servirán a aquellos que ya cultivan un mundo propio.
  2. El principio de la autonomía o hacerse cargo de uno mismo

    Principio fundamental ahí donde los haya: la búsqueda de la libertad, de la independencia y de la autonomía. Los maestros espirituales de distintas partes del mundo coinciden en decir que cuanto menos necesidades creadas tenga una persona, más libre será. No hace falta que nos lo digan los maestros, es de perogrullo. Cultivar el ascetismo es un paso esencial para no sentir atacaduras (sí, esta palabra existe, no por estar en desuso vamos a prescindir de ella) de tipo alguno.

    Una de las preguntas que funcionan para tomar conciencia del consumismo desenfrenado del que somos siervos es: ¿Es realmente necesario? ¿Realmente necesito esto? Formular esta pregunta en cualquier ámbito pone de manifiesto las innumerables actividades que solemos llevar a cabo sin un porqué fundamental detrás, sino sólo por placer o para pasar el tiempo, sin más razón. El ejemplo del libro ilustra a la perfección esto último:
    En cierta ocasión, Sócrates entró en una tienda de misceláneas. Tras un largo rato observando en detalle cada artículo, salió del lugar claramente asombrado. Cuando le preguntaron el motivo de su sorpresa, respondió: «Estoy fascinado, ¡cuántascosas no necesito!»

    Cuando hablamos de adicción a seres humanos, no obstante, se hace menos obvia la vacuidad de «la necesidad» creada. Aunque a algunos les pueda funcionar la misma pregunta ¿Realmente necesito ver a esta persona? la mayoría la sentirá como ofensiva y utilitaria. No obstante, para desenmascarar las intenciones, precisamente utilitarias, la ofensa es necesaria. Si la respuesta es afirmativa, el siguiente paso es preguntarse el porqué de la necesidad sin autoengaños de por medio y seguir el hilo del razonamiento lógico «¿Por qué o para qué?».
    Pequeño inciso: Cuando una persona se autoengaña, lo suele saber a menos que esté completamente perdida en la maraña emocional y no sepa distinguir lo básico. Es difícil, pero no imposible. Las medidas a adoptar para vencer el autoengaño son otras que las expuestas en este libro. El autoengaño, sin embargo, es de mis temas preferidos pues cada uno es rey en sus dominios, somos absolutamente maestros del ilusionismo con nosotros mismos, inventamos toda una serie de excusas (que no razones) para justificarnos ante nosotros mismos y sin embargo, en la profundidad de nuestro ser, sabemos, sentimos, nos pesa la obviedad de la mentira.

    El principio de la autonomía permite adquirir confianza en uno mismo y perder el miedo a la soledad. Un estilo de vida orientado a la libertad personal genera, al menos, tres atributos psicoafectivos importantes:

    1-La defensa de la territorialidad

    Este es el espacio personal dedicado a uno mismo y si alguien lo traspasa, se siente como amenaza. Estos son mi espacio, mis cosas, mis amigos, mis salidas, mis pensamientos, mi vocación, mis sueños, etc. No necesariamente excluye el «tú». La dificultad consiste en delimitar esta territorialidad buscando un equilibrio. Demasiado espacio conduce a la paranoia de la amenaza constante, demasiado poco al atropello personal. Sin territorialidad no es posible la buena relación pues la superposición de terrenos de los integrantes de la pareja instaura el tedio y la monotonía. Establecer los límites de la propia privacidad es pues fundamental para preservar el espacio mental reservado a uno mismo. Naturalmente, el jardín secreto no incluye la mentira ni fomenta el libertinaje, nada que ver.

    2- Una mejor utilización de la soledad

    Cicerón decía: «Nunca he estado menos solo que cuando estoy solo». Cuando uno está solo, está consigo mismo y no hay compañía más grata, más tranquila y cómoda. Existen, sin embargo, dos tipos de soledades, la elegida y la obligada. La primera es fuente de placer, permite el autoconocimiento y el crecimiento personal. La segunda puede provocar desamparo, desolación y depresión. Habiendo pasado por ambas, puedo decir que la segunda es desesperante, despoja a la vida de todo sentido y duele tanto que el subconsciente nos lleva a sobrellevarla poniendo en funcionamiento artimañas que, tarde o temprano, acaban pasando facturas inasumibles. No obstante, también puedo decir que si la soledad me desesperó fue porque los deberes de conocerme a mí misma todavía no estaban hechos. Echando la vista atrás, parece que esta vida la hayan vivido dos personas completamente distintas y tan solo pasó una década.

    El principio de la autonomía lleva, irremediablemente, al tema de la soledad. De alguna manera, estar libre es estar solo. La persona que se hace cargo de sí misma no requiere de nodrizas ni guardianes porque no le teme a la soledad, la busca. En cambio, para un adicto afectivo el peor castigo es el alejamiento

    Sin llegar al encierro monacal, yo aquí me pasé de rosca, la soledad conlleva tres ventajas importantes. Desde un punto de vista psicológico-cognitivo (mental), la soledad brinda el espacio necesario para conocerse a sí mismo a través de la observación y tomar conciencia de cómo somos realmente. En el ámbito psicológico-emocional el organismo se siente más seguro y concentrado: no hay necesidad de aprobación, ni competencia, ni críticas a la vista. Tampoco hay el rumor de fondo de las emociones de las demás personas tan solo el silencio para la escucha de uno mismo. Como tercer punto en lo que a psicológico-comportamental se refiere la soledad nos obliga a enfrentar los sucesos de la vida solos. Así se trate de cambiar una bombilla del coche, cuando nunca antes se ha cambiado puede resultar un evento terrible, como tomar decisiones importantes, la soledad obliga al unilateralismo y a asumir responsabilidades. Tener las riendas de la propia vida otorga una pacífica sensación de control que impulsa el crecimiento personal.

    Splager resume muy bien la idea central de amar en soledad y aun así seguir amando: «No todos saben estar solos con otros, compartir la soledad. Tenemos que ayudarnos mutuamente a comprender cómo ser en nuestra soledad, para poder relacionarnos sin aferrarnos el uno al otro. Podemos ser interdependientes sin ser dependientes. La nostalgia del solitario es la dependencia rechazada. La soledad es la interdependencia compartida»

    3- Un incremento en la autosuficiencia

    A fuerza de pasar una vida atada a otra persona, uno acaba por no saber gestionar la propia por pura comodidad. Antiguamente, los roles matrimoniales o familiares eran confeccionados de tal forma que lo concerniente a tareas de reparación y manutención estaban ligadas a la figura masculina recayendo sobre la femenina todas las domésticas. Traducido: los hombres no sabían freír un huevo, las mujeres ni idea de mecánica. El uno por la otra guardaban una suerte de simbiosis o complementariedad de las partes. Nada que objetar a menos que uno entregue por completo su cerebro pues «La pereza es la madre de todos los vicios».

    El miedo a la equivocación y la desidia conforman un cóctel de incapacidad crónica. El «No soy capaz» abre las puertas a la pusilanimidad del que se ahoga en un vaso de agua. El diálogo que uno mantiene con uno mismo crea realidades, las palabras crean la realidad, no porque lo sean, sino porque moldean el pensamiento.

    Vale la pena transcribir este pasaje del libro: «Así, lenta e incisivamente, la inseguridad frente al propio desempeño va calando y echando raíces. Como una bola de nieve, la incapacidad arrasa con todo. La tautología es destructiva: la dependencia me vuelve inútil, la inutilidad me hace perder confianza en mí mismo. Entonces busco depender más, lo que incrementa aún más mi sentimiento de inutilidad, y así sucesivamente.»

    Algunas sugerencias prácticas:

    Hacerse cargo de uno mismo es aprender a solucionar solo cualquier cosa que nos plante cara sin importar la magnitud de la misma. Vencer la desidia, el apalancamiento y la procrastinación provoca un aligeramiento sustancial. Si la tarea es concebida como demasiado extensa pues hay que aprender a fraccionarla y cada día hacer un poco. En menos de lo esperado, milagro concedido. Solemos fijar nuestra atención en el final de las obras y se nos presentan como insuperables por ello es elemental aprender a centrarnos en la primera piedra. El resto se va haciendo. Lo importante es cambiar el comportamiento ante las adversidades y dejar de poner excusas. El terreno personal es importante, no hay que descuidarlo. Hay que darle mantenimiento a la vida de vez en cuando, amar nuestras pertenencias y respetarlas. Cuando uno se hace responsable de sus actos, descubre su verdadera fortaleza.

    Disfrutar de la soledad aprendiendo a conocerla. Los primeros pasos son complicados, para algunos más que para otros. Salir a pasear en soledad podría ser una buena manera de comenzar. Me gusta saludar a las personas que pasan por mi lado, con una gran sonrisa comunicando lo bien que uno se siente por dentro. Otra de las cosas que recuerdo que adoraba era ir al cine sola. Estar un fin de semana encerrada en casa, teléfono apagado, rodeada de libros, un buen vino, el mejor queso y la mejor de las compañías: el silencio y la quietud, desaparece el mundo y nada existe. El cuadro resulta bucólico. Un paseo por el campo o por la playa, sin más acompañamiento que el del viento y el olor a naturaleza o sentarse en la terraza de un bar y disfrutar de una cerveza o de un café observando a los transeúntes.

    Intentar vencer el miedo es también comprenderlo y hacerle frente. ¿Qué es lo peor que podría pasar? Nada es tan terrible, tampoco la muerte pues es un proceso natural, es parte de la vida. Hay vida porque hay muerte. El dolor es dolor, no miedo. El sufrimiento es sufrimiento, no miedo. Debemos aprender a diferenciar las emociones primarias.
    En palabras de Tagore: «No deseo que me libres de todos los peligros, sino valentía para enfrentarme a ellos. No pido que se apague mi dolor, sino coraje para dominarlo. No busco aliados en el campo de batalla de la vida, sino fuerzas en mí mismo. No imploro con temor ansioso ser salvado, sino esperanza para ir logrando, paciente, mi propia libertad»
  3. El principio del sentido de vida

    No puedo dejar de transcribir el libro, es absolutamente este: Las personas que han encontrado el camino de su autorrealización, o que poseen fortaleza espiritual, son duras de matar. Se mueven más fluidamente y no suelen quedarse estancadas en idioteces. No andan buscando algo a qué aferrarse para sentirse protegidas. Han incorporado la seguridad a su disco duro. Amar a una persona así es maravilloso, pero asustador, porque puede dar la impresión de ser «demasiado» independiente. Una pareja sin temores asusta a los inseguros. «Te amo, pero puedo prescindir de ti», puede provocar un infarto instantáneo a más de un enamorado. Cuando un individuo ha encontrado su autorrealización vocacional o trascendental, ama con una paz especial. No es perfección, sino tranquilidad interior.

    De la «motivación última» ya habló Krishnamurti y me pareció esencial para comprender por qué con unas personas nos avenimos bien y con otras sencillamente no cuadramos ni en fondo ni en forma. Walter Riso divide el «motivo de vida» en dos dimensiones: la autorrealización y la trascendencia

    A- LA AUTORREALIZACIÓN:
    La autorrealización pasa por la capacidad de reconocer los talentos naturales que poseemos, aquellas habilidades nos han sido concedidas a las que no prestamos atención e incluso, en según qué casos, tratamos de anular por no ser monetizables. El talento natural se define como una capacidad guiada por la pasión, que estalla desde adentro y reúne a los demás cuando aparece. Desarrollar los talentos naturales es abrirse a otros placeres, sin desatender el vínculo afectivo. No se abandona a la pareja, sino que se la integra, se la ama a plenitud

    B- LA TRASCENDENCIA
    Se habla muy frecuentemente de trascender, pero ¿Qué significa esta palabra tan mitificada? De las 7 acepciones que ofrece la rae, tanto directa como indirectamente la cuarta, sexta y séptima son las que entiendo en este contexto. La quinta seguramente también pero es filosófica y no la comprendo, se llega donde se llega.
    «Estar o ir más allá de algo», este «algo» debe de ser uno mismo. Ser capaces de sobrepasar los límites de uno mismo que nos encierran en la mente pequeña. (6) En el sistema kantiano, traspasar los límites de la experiencia posible y (7) penetrar, comprender, averiguar algo que está oculto.

    Trascender es dejar de ser «yo» en la medida de lo posible y no ser nada siendo todo. Es una visión espiritual que parte de la base de que somos energía y estamos ligados al cosmos y formamos parte del todo. El problema es que tenemos conciencia y nos sentimos individuos aislados, incomprendidos, desamparados porque estamos en esta mente finita producto de la programación social. Volver al lugar de origen y comulgar con el todo abriendo la percepción, exaltar la vida interior y estar en armonía con lo que nos rodea ayuda a desprenderse de los lastres del apego, pero nada tiene que ver con desamor.

    Hallarle un sentido a la vida más allá de nuestra pequeña persona permite distanciarse de las cosas mundanas y adquirir una visión más completa y profunda de la vida. Uno se desapega de lo terrenal y eso incluye el afecto. Algunos casos de extrema austeridad, llegan a negar lo material, y todavía queda por determinar si eso está en equilibrio precisamente con lo que nos rodea.

    El desarrollo de los talentos naturales permite una expansión de la conciencia afectiva. Al haber otras fuentes de satisfacción, la preferencia motivacional deja de existir. Se debilita el esquema de exclusividad placentera por la pareja y se promueve la independencia psicoafectiva. El gusto por la vida también empieza a incluir la propia autorrealización. Digamos que cuantos más atributos y herramientas de creación se posean, más disfruta uno del mundo interior, más se pone en valor la propia persona y más crecen las ganas de compartir el tiempo con la soledad propia.

    La trascendencia conlleva la idea de participar en un proyecto universal y permite redimensionar la experiencia del sufrimiento. Se aprende a confiar en la vida, en la intuición, se está más a la escucha y se practica la pasiva actividad que se basa en la observación activa y en la acción en vez de la activa pasividad que promueve el hacer sin cesar pero que no lleva a nada más que a la sensación de vacío. Haber hecho muchas cosas en un día pero nada significativo que haya llevado a ningún lugar. Valdrá la pena escribir sobre ello pues es la actitud de la espera que siembra el presente y, en consecuencia, el futuro.

    Faltaría la tercera parte del libro que dejo para, quizás, un futuro artículo.

TERCERA PARTE: VENCIENDO EL APEGO AFECTIVO

El principio del realismo afectivo
El principio del autorrespeto y la dignidad personal
El principio del autocontrol consistente

ARTÍCULO PREVIO
AMAR O DEPENDER, Walter Riso, otra lectura de obligado cumplimiento sobre la dependencia afectiva

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