El jardín secreto de Bilbo y Bimba: Entretejiendo la tierra de nadie, la tierra de ellos.

Bilbo se encontró sentado en el umbral, solo y aburrido. «Jolines, ser uno es ser poco». Deseó tener con quién compartir su secreto mejor guardado. Era el de Bilbo uno de esos tesoros que todo niño oculta en su jardín de infancia donde todavía crecen las flores de colores y donde hadas, enanos y elfos se esconden en la hierba y en los troncos de los árboles milenarios cuyos frutos son burbujas de jabón y cuyas raíces son besos que se aferran a la ensoñación alegre de la inocencia.

Bilbo vivía cerca de un bosque en un poblado llamado «Constante». Desde que enterraron a Julieta, una muchacha hallada muerta a la que le brotaban flores de la boca, el pueblo había prosperado. El cadáver de Julieta se había vuelto famoso en la comarca y muchos curiosos rendían pleitesía a aquel lugar. Hordas de peregrinos acudían en busca de alegría porque se decía que el espíritu de aquella beldad de labios púrpuras rondaba los lares repartiendo júbilo con su eterna sonrisa.

Bilbo era un niño solitario, tan responsable como un adulto. Pasaba sus días deambulando por la naturaleza en compañía de Ä y Ö, sus dos fieles compañeros de vida. Bilbo no había visto nunca a otro niño a la excepción de la niña Madonna que fue exhumada para realizar una prueba de ADN y confirmar que era quien había creído ser siempre y que algo la había hecho sonreír tras casi dos años allí enterrada, como escondida de todos. Es por lo que Bilbo carecía de toda conciencia relativa a la infancia y no entendía de juegos más que aquellos que inventaba gracias a la ayuda de los embalajes de cartón vacíos. Bilbo sentía una verdadera pasión por la lectura y su mayor secreto entre libros se (estre)mecía.

Mientras tanto, en otra galaxia, en otro mundo y en otro tiempo, Bimba, la niña que soñaba despierta, se hallaba sentada como cada sábado por la mañana en el alféizar del vecino de abajo, un tipo extraño llamado Ignatius que siempre leía y hablaba de cosas raras. Se le podía tachar de extravagante y su mejor amiga era una tal Donatella de 83 años residente de Bullas, Murcia.

Bimba gustaba de observar a los transeúntes inmersos en sus pequeñas e insignificantes vidas, tan embutidos en ellas que resultaba imposible separarlos de ellos mismos. Así, escuchó la conversación de Ignatius desde el otro lado de la ventana:


-Te informo de nuestros planes, nos vamos a Albacete. A lo mejor te chupo una teta, según me dé. Nunca me has enseñado una teta Donatella. No tienes alma tú tampoco. Las mujeres de mi vida son todas unas desalmadas y unas frescas. Anda seguro que ya estás pensando que soy otro, el del taca taca que te hace insinuaciones con la dentadura postiza cada vez que pasa por delante de tu habitación. Qué insistencia el salido.

Bimba pensó que algo debía de tener la vieja Donatella para provocar semejante revuelo entre el público masculino. El soliloquio de Ignatius le atravesó el gaznate y provocó una oleada de asco que la hizo bajar de la repisa bien deprisa. Se dirigió hasta las escaleras de entrada a la portería para observar con fascinación cómo el edificio de enfrente le hacía cosquillas al cielo de lo alto que era. Su madre iba a comprar a la segunda planta de aquel bloque donde unos amigos de Jerusalén instalaron una pequeña tienda de comestibles que aceptaba el trueque como forma de pago. Según se decía, allí moraba un guerrero llamado Anael al que nadie había visto jamás, pero cuya cabellera era tan larga y cuyos ojos eran tan grandes, profundos y feroces que su sola presencia imponía un inusitado respeto y obligaba a desviar la mirada en señal de sumisión. Anael no salía nunca de casa, pues había enfermado de Henko, una dolencia que se transmitía a través del aire y obligaba a ser feliz a pesar de la resistencia de sus víctimas. Así, su delicado estado de salud creaba un fascinante contraste en la mente de Bimba provocándole ataques de ternura y unos ardores impropios para una niña de su edad. Nunca lo vio a pesar de desearlo con fervor y no fueron pocas las veces que acompañó a su madre a la tienda de comestibles con la esperanza de cruzarse con él.


Bimba, desanimada y fastidiada por el hastío de la soledad, observaba el edificio que se alzaba hacia el cielo inmersa en sus cavilaciones en torno al enigmático guerrero que la rescataría de su tedio vital. El aire de la ciudad le quemaba los pulmones y ella ansiaba volar por encima de la mugre y quizás aterrizar en un lugar de ensueño encerrado en una burbuja de felicidad. La calle y sus exhalaciones de humanidad en sus diferentes manifestaciones cotidianas empezaban a resultarle insoportable. Tan solo era un proyecto de persona y, sin embargo, el peso de la realidad ya se imponía con severidad. Inocencia y podredumbre se disputaban a pulso las inclinaciones de Bimba.

La sacó de su ensoñación la voz de Arturito, un niño sin mucho ingenio y con muy poca maña:

-Bimba, ¿Vienes a jugar?

Bimba suspiró porque no habrían encontrado nada mejor que hacer que apedrear latas de refrescos vacías en el solar de enfrente.

-¿Dónde vais? inquirió sabiendo la respuesta de antemano.

-Vamos a encender una hoguera con el pedernal que le han regalado a Pedro

Aquello sería una actividad para salpimentar la mañana del sábado hasta la hora de comer y, por un momento, tal vez el otoño dejase de ser tan sombrío.


Aunque no hacía aún mucho frío, trataron de encender unos fuegos pero desistieron pronto. Pedro era medio tonto y no sabía cómo utilizar su nuevo juguete y Arturito otro tanto de lo mismo. Dejaron caer el pedernal al suelo y lo desecharon alegando que era una porquería. Allí quedó la piedra. Pedro y Arturito se marcharon a jugar a fútbol, pero Bimba se quedó sola de nuevo en aquel lugar. Recogió el cuarzo y probó suerte ella. Le parecía intrigante que de una piedra se pudiera crear una hoguera.

Sin mucho esfuerzo, Bimba vio centellear una suerte de fuego verdoso delante de sus ojos. El mundo ensordeció rodeándose de una nebulosa y se abrió un portal enfrente de ella. Al otro lado, un puente la exhortaba a traspasar el umbral de su dimensión. Un cartel rezaba: «Bienvenidos al Maktub: el nexo de unión universal. Lo que está destinado a encontrarse siempre se manifiesta». Bimba incrédula, desconcertada e impresionada se aventuró al otro lado y el portal se cerró en seco detrás de ella. El corazón le latía con fuerza y las emociones se enmarañaban con el desbarajuste propio de un frenopático. El miedo, la angustia y la misma curiosidad que mató al gato la impulsaron hacia delante.

Sintió algo en su mano y su mirada se posó sobre dicha extremidad en la que vio anudarse a su dedo meñique un hilo rojo. Empezó a caminar siguiendo aquel conductor hasta llegar al final del puente. Para entonces, su tamaño se había minimizado absurdamente y el puente se le antojó titánico, pues tuvo que pasar por un puente colgante para poder alcanzar tierra firme desde la última lámina de madera del Maktub. La acogió una mullida alfombra de hierba en la que sus piececitos se hundían a cada paso. Siguió el camino que el hilo rojo le mostraba y se adentró en un frondoso bosque que apenas acogía algunos escuálidos haces de luz. Avanzaba tranquila inhalando bocanadas de verde frescor dejándose invadir por los aromas de la naturaleza. Cerró los ojos, continuó caminando sin temor y alguna de las gotas de rocío que perlaban las hojas de los árboles le besó los párpados. Bimba sintió una llamarada, algo muy cercano a la felicidad y aquello la indujo a abrir de nuevo sus grandes ojos. Delante de ella dos perritos negros jugaban envolviéndola y dándole la bienvenida. Bimba rió y se alegró de aquella compañía tan jovial.

Frente a ella, se advertía la figura de un niño que la miraba extasiado y, con una extraña familiaridad, se observaron detenidamente como si cada uno de ellos fuera el reflejo del otro. Frente a frente, sin apenas respirar por miedo a mover los átomos del aire y alterar aquel instante, se detuvo el tiempo hasta que Bimba levantó la mano para enseñarle el hilo rojo anudado a su dedo. El niño imitó su gesto. Aquel filamento se desintegró al instante esparciendo unas chispas, todas ellas adecuadas al lugar. Ambos se acercaron sigilosamente con aquellos luceros iluminando el camino hacia ellos mismos quedándose una fugaz eternidad prendidos el uno del otro sin haberse siquiera rozado.

Sin mediar palabra, Bilbo sonrió tomando la mano de Bimba y la condujo hasta un viejo tronco de árbol hueco y raído. Al ver que Bimba se disponía a inquirir, Bilbo le puso un dedo en los labios para sellárselos y con los ojos sonrientes la invitó a tocar la madera de aquel viejo olmo cuya alma era tan antigua como la tierra. Se oyeron unos pasos alegremente apresurados que iban acercándose desde dentro de la cavidad y de pronto, sin aviso, los enanos se desplegaron en silencio y despertaron a las hadas con el ruido ensordecedor del enigmático misterio de los enanos. Al volver a ver a Bilbo, las hadas se dejaron apresar por las manitas regordetas y suaves de aquellos seres maravillosos. Las empezaron a sacudir con mucho cuidado para así esparcir el polvo mágico. De repente, apareció de la nada una pequeña cabaña de madera. Ä y Ö se habían transformado en las llaves que abrirían aquel lugar místico. Solo dos corazones puros habrían podido traspasar el zaguán de la entrada.

Al cielo empezaron a pesarle los párpados y sus bostezos se transformaron en un llanto callado que obligó a Bilbo y a Bimba a ponerse a buen recaudo. Bajo el techo amaderado sin maneras de su nueva casa, Bimba no lograba dejar de sonreír. La cabaña resultó ser un lugar hermoso e increíble donde centenares, miles, millares de libros poblaban las paredes hechas de estanterías. Al fondo, un ventanal en forma ovalada dejaba ver el bosque y la niña observó cómo dos gotas de lluvia dibujaban un corazón para ella.

-¡Parece como si mis sueños se hiciesen realidad! Exclamó ella con los ojos anegados de entusiasmo y felicidad.

Bilbo y Bimba se acercaron al cristal y ambos pusieron una mano en él. Los meñiques se rozarón y aquello les provocó un delicioso estremecimiento que quisieron prolongar indefinidamente. Dejó de importar la incomprendida soledad, los anhelos de una vida que se juzgaba insidiosa, el incesante latir interno de las voces que clamaban respuestas para preguntas que habían dejado de existir, mas no de insistir. 

A Bilbo lo sacó de su ensoñación una de las dos gotas que logró colarse en el refugio y se posó sobre su nariz obligándole a bizquear. Sus dos grandes ojos marrones se dirigieron a la chispa de agua que resbalaba dejándose la piel en una estela húmeda que trazaba recorrido hacia abajo. La gota prosiguió el camino hasta su cicatriz y, con escafandra y batiscafo, se abrió paso hasta su corazón troceado en dos mitades cosiéndolas gracias a los hilos que de la mirada transparente de Bimba se desprendían.

La otra gota llegó hasta los labios de Bimba y se los selló con un beso húmedo. Aprovechando el escalofrío que siempre nace de ninguna parte, Bilbo la miró y juzgó necesario envolverla entre sus brazos cálidos por una vez.

En la piel de la gota compartida por ambos estaba el sortilegio encantador que arregló sendas quebraduras con las hebras de luz del destino. Ambos niños se fundieron en un abrazo infinito como reconociéndose el uno en el otro. Aquel sería su refugio, su hogar y lugar sacro cada vez que necesitaran amparo, diversión, comprensión o evasión. En aquellos lares la irrealidad se tornaba real, el reverso era anverso siendo el mundo al revés del revés y por lo tanto justo. Las almas cándidas podían reposar lejos de la suciedad.

Bimba sintió la avalancha del tiempo y se acordó de que tenía que ir a casa a comer. Se despidió de Bilbo acariciándole la mejilla y con una sonrisa de media luna creciente le susurró:

-Volveré

-Lo sé, te estaré esperando. Te doy una parte de mi corazón, es Ä, llévala contigo siempre, te protegerá y podrás encontrar el camino de vuelta siempre que lo necesites.

Con estas palabras Bilbo puso en la mano de Bimba una de las dos llaves que ella anudó a su cuello y mantuvo ceñida a su piel como sintiendo su presencia. Bimba salió de la casita de madera y traspasó una membrana jabonosa. Cayó sobre un suelo de hierba articial y se dirigió hacia la puerta de madera antigua que vio a lo lejos. El portón se le presentó como colosal y se acordó entonces de lo diminuta que se había vuelto al cruzar el puente.

El cielo plomizo amparaba un manto de espeso humo gris que le devolvió a Bimba su sentido de la orientación. Logró deslizarse por debajo de la ranura de la puerta y traspasó una estancia en la que nunca había estado. Vio a un hombre de pelo largo y una mujer de pelo blanco envueltos el uno en el otro compartiendo el pasaje de un libro amarillo… algo de los necios acertó a leer. Parecían haberse fundido el uno en el otro y no advertían la presencia de nadie más que la de ellos mismos.

Con mucho sigilo para no ser vista, llegó a la puerta de entrada. Para entonces había vuelto a su tamaño natural por lo que atinó a abrirla dando tres vueltas a la ominosa llave de la cerradura. A su izquierda, reposaban los renglones torcidos de un poema hecho Historia de Amor.

Salió de la estancia y se dirigió hacia el ascensor. Apretó el botón adecuado que no hacía ni tilín ni tolón. Aterrizó en la entrada de la finca que reconoció como el inmueble de la tienda de comestibles que aceptaba el trueque como método de pago. Salió de él y allí vio a Arturito y a Pedro golpear un balón con el pie. «Dos niños sin alma» pensó.

Cruzó la calle y entró en el portal de su casa. De la casa de Ignatius se escapaban ruidos extraños.

Su madre había preparado macarrones con queso y, aunque ella habría preferido una lata de guisantes de Albacete, pensó en Bilbo y los degustó con deleite.

Aquel momento vivido, real o imaginario, no alcanzaría más que para un bocado, pero habría sido suficiente para plantar la semilla de la felicidad más allá de los muros de la realidad. Se tocó el pecho, sintió a Ä, sintió a Bilbo y cerró los ojos tranquila, en perfecta armonía.

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